Cuando el Caribe Me Abrió los Ojos
El primer país que visité fue Trinidad y Tobago, y al bajar del avión sentí que entraba a otro ritmo del mundo. Las chicas con trenzas infinitas, los chicos con sus dreadlocks como coronas, el acento caribeño que me susurraba que mis cinco años de universidad no eran suficientes para entenderlo todo.
Me sorprendió el tráfico por el lado contrario, los KFC dominando cada esquina, la mezcla infinita de colores humanos: negros, blancos, indios, asiáticos y todas las combinaciones posibles bajo un mismo sol.
Probé el picante que ardía rico en cada plato y ese Bake and Shark de Maracas Beach que todavía vive en mi memoria gustativa.
Pero también descubrí algo que no esperaba: que el racismo no era un monstruo local, que incluso había fiestas separadas por colores. Ese golpe silencioso me abrió los ojos.
Y sin embargo, en ese choque de sabores, acentos y realidades, algo despertó dentro de mí: un deseo curioso de seguir viajando, explorar más, abrir los mapas y mis sentidos. Trinidad y Tobago me cambió porque fue la primera vez que entendí que el mundo es más amplio, más complejo y más hermoso de lo que yo imaginaba.
Banner made with
Imagen con https://hotpot.ai