
Recién recuperada y con las piernas aún marcadas por el peso de lo vivido, salí a la calle sin esperar sorpresas y ahí estaba él n hombre con porte rígido, mirada profunda y presencia de mando. ¿Un maestre templario? Tal vez no, pero todo en él gritaba disciplina, estrategia y un tipo de poder que no necesita levantar la voz para hacerse sentir. Por un segundo pensé que la escena se teñiría de rojo, que el acero hablaría en nombre de ambos, pero no. En lugar de eso, cruzaron palabras. Sin gritos. Sin violencia. Dos fuerzas opuestas exponiendo sus verdades como si el mundo se hubiese detenido sólo para escucharlos.
Y en medio de ese choque ideológico… Shay. Cambiado. Distinto. Como si finalmente hubiera comprendido hasta dónde llegan los asesinos cuando creen que tienen la razón absoluta.


Con ese aire de “sé algo que tú aún no sabes”, Sir George Monro me pidió ayuda: debía encontrar a Christopher Gist. Su tono no dejaba lugar a dudas, como si el tiempo mismo estuviera en su contra. No podía negarme; Shay tampoco lo haría. Y así, sin mucha ceremonia, arrancamos la búsqueda, navegando entre callejones, rumores y la sensación de que cada minuto perdido era uno que Gist ya no podría recuperar.
La escena que encontramos… bueno, digamos que no era la más esperanzadora. Gist estaba a punto de ser ahorcado, balanceándose al borde del final como un péndulo macabro. No había margen para pensar. Retroceder no era una opción. En cuestión de segundos, la cuerda dejó de ser amenaza y los guardias, bueno… dejaron de ser problema.



El combate fue rápido, intenso y con ese aroma a pólvora que define la vida en las colonias. Golpes bruscos, pasos frenéticos y la urgencia de salir de allí antes de que llegaran refuerzos. Shay peleó como si el mundo estuviera observándolo, como si cada movimiento fuese una declaración contra los ideales que una vez defendió.
Al final, nadie quedó en pie excepto nosotros. Y sin perder tiempo, corrimos al barco. El único lugar donde respirar se siente menos peligroso.


Ya a bordo, con el vaivén del mar rompiendo la tensión de la batalla, tuvimos finalmente la conversación que se había estado gestando desde el inicio: dudas, propósitos, fracturas internas… ese tipo de cosas que solo afloran cuando la muerte rozó tu cuello hace unos minutos. Gist recuperaba el aliento mientras Monro analizaba todo con la mirada de un hombre acostumbrado al caos.
Y Shay… Shay simplemente escuchaba. Observaba. Guardaba algo en silencio. Como si cada detalle formara parte de un mapa mucho más grande del que aún no tenemos ni la mitad dibujado.


Así terminó el recuerdo. En un barco que parecía más seguro que cualquier tierra firme, con más preguntas que respuestas y con la sensación de que lo peor aún está esperando su turno.
Si algo aprendí hoy es que en *Assassin’s Creed Rogue nadie es sólo lo que dice ser. Todos esconden algo. Todos temen algo. Todos huyen de algo.
Y lo que viene promete sacudir aún más los cimientos de nuestras creencias.