No hay mayor fortuna que estos momentos compartidos, donde las risas y la complicidad nos recuerdan que la familia es el refugio más seguro que tenemos. Entre anécdotas y abrazos, me doy cuenta de que lo más valioso de la vida no son las metas alcanzadas, sino tener a las personas correctas a mi lado para celebrarlas. Gracias doy a Dios por sus vidas.