Soy una polaridad. Lo entiendo así desde que tuve conciencia de mí misma yendo de una lado a otro en sentimientos y opiniones. No sé ser tibia, o soy brasa ardiendo o gélido invierno.
Por supuesto, con el tiempo aprendí a medirme, para no terminar lastimando a otros. Pero aprendí también que la indecisión me estresa, que la falta de firmeza en los demás me aburre y que las medias tintas no son para mí. Y eso está bien.
Aprendí a mirar por sobre los opuestos y encontrar detalles en ambos lados.
A concentrarme en lo que importa y no polarizarme, porque los extremos son dañinos.
Aún así, he escuchado demasiadas veces "Céntrate", cómo si alguien supiera dónde está parado sino fuese por la gravedad.
Mucho de lo que nos "centra" es circunstancial. La vida externa nos va posicionando y nosotros o nadamos o nos resistimos. Pero ya centrados andamos, porque escapar del presente es solo ilusión.
El futuro y el pasado son extremos imaginarios de un nosotros multilateral. Por eso, cuando hablo de mi punto intermedio me refiero a ese espacio dónde ni me aterra lo que desconozco ni me acostumbro a solo lo que ya sé.
A dónde pertenezco plenamente sin desconexión, pero sin saturación. Dónde no estoy abrumada ni ausente. Dónde disfruto sin la ansia de que todo, en algún punto, como este poema, culminará.