No podía faltar a esta cita de horror. Cansada de todo un día de mucho, mucho trabajo y después de asistir a un curso con una conexión pésima, me sacudo estos horrores cotidianos y entro al reino del horror que disfruto. Espero que ,
y
perciban el gesto de amor a las pesadillas que se ejecuta con esta participación.
Me sumo a la Fiesta Maldita de Hivelloween.
Cacería en la fiesta maldita
En casa no celebrábamos Halloween. Esas eran costumbres extranjeras, adoptadas por los presumidos de la pequeña ciudad que colindaba con nuestros campos.
Nosotros pasábamos octubres normalitos, bien resguardados en nuestras casas, que eran ruinosas y oscuras, pero en las cuales nos sentíamos tranquilos. A veces, sí, sobre todo en octubre, cuando había luna llena, a Luis lo agarraba la inquietud, pero eso no tenía más que ver con su toque. La abuela decía que siempre había sido así, desde que lo trajo a vivir con ella.
Ahora bien, el Día de los Muertos era otra cosa. Era un día para festejar y la pasábamos bien. Una fiesta en toda regla: comida, bebida, visitas y rondas hasta que salía el sol. Como te dije, nuestra costumbre era mantenernos alejados de ese bullicio, hasta ayer.
Cuando despertamos estábamos aquí. No sabía a dónde fue a parar la abuela.
Armando y yo estamos enterrados hasta la cintura, uno al lado del otro, y, bastante más alejados, tres de nuestros hermanos. A ambos nos falta un brazo. Bueno, a mí me falta un brazo. A Armando le ha faltado ese brazo desde hace mucho. Lo perdió en una cacería a principios de siglo, según me contaron. Cuando ocurrió yo tenía muy pocos años en la casa y no me llevaban, pues no lograba mantenerme despierto. Según la abuela, alguien lo atacó a traición. Según Armando, fue una pelea feroz de uno contra tres. Me da algo de lástima verlo en esa situación, a pesar de que yo estoy igual; pero él, además, tiene que sufrir la indignidad: le han puesto una calabaza por sombrero sobre su cráneo pelado.
El ruido es infernal y las luces me ciegan. Al parecer, nos han puesto reflectores en la cara. Grito, llamando a Armando, que está a un metro escaso de mí, pero no se despierta aún. Ni siquiera ese ruido del demonio lo despierta. Música, le dicen ellos. Fiesta, llaman a toda esta vulgaridad escandalosa. Nosotros tenemos en casa gustos un poco más antiguos. El ruido me tortura. Yo tengo el sueño ligero y el oído más sensible que todos en la casa. Por eso siempre voy al frente cuando cazamos.
Por encima del estruendo, escucho las risas. Gente borracha que se divierte.
Intento zafarme. Es inútil. Nos han enterrado bien. No siento las piernas, y me ataca la certeza terrible de que también me las han quitado. Alejo con gran esfuerzo estos pensamientos.
Mi piel comienza a despertarse del entumecimiento y siento el frío de la noche. Mis ojos también comienzan a despejarse y puedo ver, por detrás de los reflectores, las siluetas bailarinas de esos hijos de puta.
Muy tarde, me doy cuenta de que alguien se ha detenido a mi lado. Muy tarde me doy cuenta de que el maldito orina sobre mi cabeza. Los meados apestan a cerveza.
La ira termina de desaparecer el entumecimiento.
Mis huesos, como siempre desde que llegué a casa hace tantísimos años, se recubren poco a poco de carne gris.
Silvo, llamando a mi manada. Despierto sus viejos huesos donde quiera que estén, y sé que vendrán a mí.
Muerdo la pierna del meón. Desgajo su pene.
Escucho los aullidos de mi familia.
La cacería ha comenzado.
Gracias por la compañía. Espero haberlos asustado.
O, cuando menos, haberlos divertido.