Como cada mañana, Laura acudía a su encuentro. Aquél lugar secreto era el escenario ideal para planear su futuro, es decir, la fuga.
El frescor de los árboles los llenaba de entusiasmo y esperanza. Primero llegaba Víctor, se sentaba con un cigarrillo que apagaba súbitamente cuando escuchaba pasos aplastando la maleza. Pasos que siempre le agitaban el corazón.
Que tiene que ser de día, que tiene que ser de noche, no lograban ponerse de acuerdo. La ansiedad les restaba enfoque. De lo que estaban completamente seguros era del amor que sentía el uno por el otro y que tenían una vida por delante para disfrutar en paz. “Toc Toc” Dos toques en la puerta sacaron a Laura de su ensimismamiento, la enfermera de mirada inexpresiva traía las pastillas correspondientes a la hora. La eficiencia en el suministro del tratamiento era de lo más elogiado en aquél viejo hospital psiquiátrico.
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