"No se hace digno de la libertad y de la existencia sino aquel que tiene que conquistarlas cada día."
Johann Wolfgang Goethe
Se amarró sus raídos zapatos, se puso el tapabocas y salió de su casa tarareando una canción, como siempre lo hacía. A pesar de todas las circunstancias que rodeaban su entorno, siempre se le había visto alegre y optimista, aunque por dentro se estuviera derrumbando.
Y así estaba su mundo interior, vuelto un caos; pues este había sido quizá el peor año que había vivido.
Tomó una ruta hasta el centro de la ciudad y trató de ahogar sus pensamientos con el bullicio citadino, pero fue todo lo contrario. Sintió un inmenso vacío y un silencio sepulcral, mientras la gente a su alrededor pululaba como loca entre algarabías y apretujones, haciendo compras navideñas, aún en medio de una de las peores crisis económicas que había sufrido su país.
Desde principio del año, vivía atrapado y estresado por la presencia del virus pandémico, que finalmente terminó infectándolo en el mes de agosto y poniendo en riesgo su vida por las malas condiciones del sistema público de salud. Y fue en su peor momento, pues estaba batallando junto a su mejor amiga y compañera de residencia, a quién le habían detectado un gran tumor en su cabeza y debía apoyarla en la recaudación de fondos para la operación y atenderla, pues compartían el mismo techo, además de fuertes vínculos fraternales.
Su familia había emigrado, quedando solo sus padres en una ciudad distante, y a quienes no veía desde el inicio de la pandemia. Estaba prácticamente solo; pero asumir la responsabilidad de atender a su amiga en su situación de salud, le había dado fuerzas y bríos para seguir adelante.
Estando en el apogeo de su enfermedad (Covid-19), murió su amigo Jesús luego de una larga lucha contra el cáncer que ya había hecho metástasis y le producía dolores inimaginables; y a quien visitaba todas las noches para darle ánimo y compañía.
Absorto en sus pensamientos, entró a la catedral que, contrario a las calles, estaba completamente vacía. Se sentó en la última banca y levantó los ojos como esperando ver a Dios con respuestas desde el blanco techo abovedado.
Y, por supuesto que encontró respuestas, pues Dios siempre responde, aunque nosotros no sepamos interpretar o entender los mensajes celestiales. Relajó sus hombros y respiró profundo, sintiendo penetrar en sus pulmones un suave olor a incienso.
El nefasto año 2020 –a punto de terminar– con todos sus caóticos acontecimientos, le había dejado grandes enseñanzas de vida que no olvidaría jamás.
Como si fuera la voz que habló a Moisés en el Monte Horeb o la voz que hablo al profeta Ezequiel en su encuentro cercano del tercer tipo, escucho una potente voz dentro de su cabeza que le decía:
“La situación política y económica de tu país te ha hecho un hombre amante y respetuoso de la libertad; te ha hecho más creativo, audaz e independiente; te ha despertado de ese letargo y conformismo al que están acostumbrados los asalariados. No solo veas el lado negativo de las cosas.”
Como si estuviera frente a alguien, asentía torpemente con la cabeza, mientras la voz seguía diciendo:
“Tenía que llegar una crisis sanitaria que paralizara al mundo entero y que restringiera el libre tránsito, para que pudieras apreciar el valor de la familia y la amistad. Cuando podías ir a visitar a tus padres no lo hacías y ahora enloqueces por verlos siquiera un instante. Por qué esperar a que algo te impida estar cerca de tus seres queridos para empezar a sentir cuánto realmente los amas. Aprovecha cada segundo que te permito respirar para disfrutar a quienes amas y a quienes te aman.”
Las lágrimas corrían por sus mejillas al tiempo que la voz continuaba hablándole:
“Tu mejor amiga está creciendo espiritualmente, aprendiendo a valorar la vida y a amar a quienes he puesto en su camino. Ten la seguridad de que ella superará todas las pruebas y resurgirá renovada y fortalecida de esta situación. Por tu amigo Jesús, no te angusties ni lamentes su partida; ahora está conmigo y ya no sufre los padecimientos del cuerpo físico.”
Una blanca luz iluminó la cúpula del techo donde tenía puestos sus ojos, y la voz le dijo en un tono más suave y amoroso:
“Cada año de vida que te doy es un año de grandes aprendizajes y enseñanzas, así que no pierdas tu tiempo quejándote de lo que te sucede ni lamentándote por lo que no logras materializar. Todo lo que necesitas está a tu alrededor y lo más valioso está dentro de ti. Vuelve a sonreír y agradece cada día, porque si estás con vida es porque aún tienes una misión que cumplir. Ve y haz lo que mejor sabes hacer: amar al prójimo como a ti mismo.”
Repentinamente el bullicio de la ciudad regresó como si fuese una ráfaga de viento, y se sintió un hombre nuevo –mejor dicho, resucitado– y salió caminando entre la multitud con una energía sinigual que influenciaba a todos los que se le acercaban.
Así regresó a su casa tarareando la misma canción con la que había partido unas horas antes, pero esta vez con la alegría y la satisfacción de haber vivido un año a plenitud y rodeado de seres especiales.
veac141220
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