No será necesario mirar al cielo ni escuchar profecías. Lo sé desde adentro, con esa certeza que no necesita explicación. Sí, hoy fuese “ese último día…”
No correré, no gritaré, no llamaré a nadie en pánico. Me sentaré un momento, solo, frente al ventanal del comedor, mientras el sol aún estaba alto, pero ya comenzaba a inclinarse hacia el ocaso. Respiré profundo, como si fuera la primera vez. O tal vez la última.
Primero, pondré todo en orden. Documentos, palabras escritas, cuentas pendientes. Todo listo, todo claro. Como un legado limpio, sin nudos. Quiero dejar espacio para que los que quedaran supieran que los amé con responsabilidad y cuidado. Incluso en el final, cuidarlos era mi prioridad.
Hablaré con Matthew, mi hijo. Le diré lo que siempre debí decirle, aunque más breve: “Sé fuerte, pero también sé tierno. Tú eres lo mejor que hice en esta vida”. Él no entenderá todo, pero me abrazará. Un abrazo largo, sin preguntas. Quizá sentirá lo mismo que yo, aunque no lo dije.
Con mis amigos será distinto. Algunos por mensaje, otros en persona. Les agradeceré. Les recordaré momentos de risas, viajes, errores compartidos. A algunos les diré: “Gracias por existir cerca de mí”. Otros simplemente un adiós o quizá un hasta luego, como si nada hubiera cambiado.
Cuando llegue la tarde, saldré al balcón. Estará fresco, pero no tanto como para no disfrutarlo. Prepararé café, como a mí me gusta. Sin azúcar. Lo serviré en la taza vieja, esa que tiene un pequeño golpe en el borde y la foto de Sofía, iré a su encuentro. La que siempre usé. La que me acompañó en tantas mañanas y ahora estaría conmigo en la última tarde.
Me sentaré en la silla de madera, con la espalda recta, sin prisa. Frente a mí, el cielo se pintará de naranja, rosa, violeta. El viento moverá las hojas de los árboles como si estuvieran despidiéndose también. Y entonces, de algún lugar cercano, comenzará a sonar un piano. Suave. Una melodía lenta, casi melancólica, pero no triste. Será como si alguien hubiera sabido que hoy necesitaría música para morir bien.
Cerraré los ojos un momento. Escucharé el piano, el viento, el silencio entre ambos. Beberé el café hasta la última gota. Sentiré el calor en el pecho, como si fuera un último regalo del cuerpo.
Entraré cuando el sol ya había desaparecido. Guardaré la taza. Lavaré mis manos, me pondré ropa limpia. Me acostaré en mi cama, sin luces, con solo el reflejo de la luna entrando por la ventana. No encenderé la televisión, no leeré esta vez. Simplemente, me quedaré allí, tranquilo, escuchando mi respiración, como quien escucha una canción conocida que poco a poco se aleja.
No lloraré. No tendré miedo. Solo dejaré que el sueño viniera. Lento. Cálido. Definitivo. Jugueteando con Sofía en mis pensamientos.
Y cuando el nuevo día llegue, mi cuerpo ya no responderá. Pero en algún lugar, quizá en el viento que movió las cortinas, en el eco del piano o en la taza vacía sobre la mesa, seguirá latiendo un poco de mí.
𝗘𝗻𝗰𝘂𝗲𝗻𝘁𝗿𝗼 𝗱𝗲 𝗧𝗮𝗹𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀: «El último día»
Portada de la convocatoria.
Dedicado a todos aquellos escribas que contribuyen, día a día, a hacer de nuestro planeta, un mundo mejor.
