Carlos despertó. Era un día más de su rutina aburrida y monótona. Se levantó de la cama, se duchó, se vistió y se preparó el desayuno. Mientras comía, miraba las noticias en la televisión. Nada le interesaba. Todo le parecía igual.
A sus 53 años trabajaba como contable en una empresa del estado. No le gustaba su trabajo, pero lo hacía por necesidad. Su familia se había ido del país, sus amigos también habían partido. No tenía hobbies. Su vida era vacía y gris. Se sentía cansado, deprimido y sin ilusión.
Agarró su maletín y salió de su apartamento. Caminó hasta la parada del autobús, donde esperó unos minutos. Subió al vehículo y se sentó. Miró por la ventana y vio las mismas calles, los mismos edificios, las mismas caras. Nadie le prestaba atención. Era invisible.
Llegó a su oficina y se dirigió a su cubículo. Encendió su computador y empezó a revisar los informes que tenía que entregar. Eran números, cifras, datos. Nada que le apasionara, que le desafiara.
Así pasó la mañana, entre papeles y llamadas. A la hora del almuerzo, fue a la cafetería y escogió una mesa apartada. Comió algo y bebió un refresco. No habló con nadie. Nadie le habló. Era invisible.
Volvió a su cubículo y siguió con su trabajo. La tarde se le hizo eterna. Miraba el reloj a cada rato, deseando que llegara la hora de salir. Por fin, a las cinco, apagó su computador y recogió sus cosas. Salió de la oficina y caminó hasta la parada del autobús. Subió al mismo vehículo que por la mañana y se sentó en el mismo asiento. Miró por la ventana y vio las mismas calles, los mismos edificios, la misma gente. Otra vez era invisible.
Llegó a su apartamento y abrió la puerta. Entró y dejó su maletín en el sofá. Preparó algo de comer. Mientras comía, miraba las noticias en la televisión. Nada le sorprendía. Todo le parecía igual.
Terminó de cenar y se lavó los dientes. Fue a su habitación, apagó la luz y se acostó. Intentó dormir, pero no pudo. No tenía sueños, ni metas, ni planes. Su vida era inútil y sin sentido. Se sentía solo, triste y sin esperanza.
Así pasó la noche, navegando en el insomnio hasta avanzada la madrugada. Amaneció. Era un día más de su rutina aburrida. Se levantó, se duchó, se vistió y se preparó el desayuno. Todo le parecía igual.
Pero entonces, algo cambió.
Su amiga Jennifer, que vive en Chile, le dejó un mensaje por el WhatsApp en el que le decía que necesitaba de su ayuda. Tenía meses que no sabía de ella y de repente apareció pidiendo ayuda. Eso no era normal en Jennifer porque ella alardeaba siempre de ser autosuficiente.
Él le respondió con otro mensaje y de inmediato ella le llamó. Le comentó que ella sabía que a él le gustaba diseñar con CANVA, que tenía conocimientos de Photoshop e Illustrator y que era amante de la fotografía. Le propuso un negocio de hacer varias plantillas y flyers para una compañía chilena y así ganarse unos dólares.
Carlos se quedó paralizado. No podía creer lo que estaba escuchando. Era algo diferente, algo inesperado, algo que le sacaba de su letargo.
Sin pensarlo dos veces, le dijo que sí, que le dijera, que tenía que hacer, que le indicara las exigencias del cliente. Había sido llamado a la acción y esa oportunidad no podía dejarla pasar. Jennifer le indico que en transcurso del día le pasaría la información. Nunca había trabajado en diseños, pero algo en su ser interior le decía que debía dar ese salto a la acción.
Carlos agarró su maletín y salió de su apartamento. Corrió hasta la parada del autobús, donde esperó unos segundos. Subió al primer vehículo que pasó y se sentó en el primer asiento libre. Miró por la ventana y vio las calles, los edificios, las caras. Parecía que todos le miraban con cara de felicidad. Era visible.
Llegó a su oficina y trabajo todo el día con entusiasmo. Todo parecía haber cambiado.
Al final del día, Jennifer le dejo información sobre lo que exigía el cliente y le dejo el número del mismo por si debía aclarar dudas. Él sintió una emoción que hacía tiempo que no sentía. Era adrenalina, era vivir.
Esa noche no pudo dormir. Pero no fue por insomnio, fue por la emoción. Se dispuso a planificar, busco lo necesario y trabajo en el proyecto.
Amaneció y Carlos no se lamentaba por no haber dormido, más bien estaba feliz, sonriente. Había encontrado una nueva razón para ser productivo, para darle sentido a su vida. Había descubierto algo que estaba apagado; su talento. Había cambiado su destino. Un amanecer de vida.
Los demás días fueron de más clientes, más oportunidades y de mucha felicidad.
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Encuentro de Talentos: Un salto a la acción - Comunidad EmpowerTalent.
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