Soy un tipo afortunado junto con mis hermanos. Mi padre era un maravilloso hombre que nos enseñó todo lo que era el ser responsable, amoroso y por sobre todo comprometidos con nuestras creencias. Él nos enseñó el catolicismo, pero siempre nos dijo que al llegar a la mayoría de edad tendríamos todo el derecho en que creer.
Según veía nuestros comportamientos y gustos, nos animaba con algo que nos podía beneficiar o ayudar en la vida. Un ejemplo de ello era que me gustaba todo lo que tenía que ver con la medicina. Entonces, en mis juguetes abundaban todo aquello relacionado con esa profesión. Microscopios, juegos de química, estetoscopios, y pare de contar. Debo resaltar que en la familia abundaban los médicos. O sea, había una influencia muy marcada.
Todo iba muy bien hasta que me gradué de bachiller y me toco escoger la carrera a estudiar en la universidad. Este catire decidió que no era la medicina, sino la computación.
Como sabía que papá estaba ilusionado con un hijo médico, pues para mí fue un sufrimiento buscar el momento para decírselo. No dormía pensando en la forma o las palabras para esa noticia que no le caería nada bien. Así pasaron unos meses hasta que él se dio cuenta de que algo pasaba.
Recuerdo que fue una tarde de un viernes. Mi padre me tenía el ojo y ese día me llamó para preguntar que me pasaba. Había llegado el momento y debía sincerarme con el hombre más maravilloso sobre la tierra. Yo venía con un peso en mis hombros que no me dejaba vivir. Estaba lleno de tristeza y angustia porque no quería herir a mi buen padre.
Ese muérgano, sé la sabia todas. Era un hombre muy observador y ninguno de sus hijos se le escapaba. Cuando le di la noticia, pensé que tal vez me dejaría de hablar. Pero el viejo, me abrazó y me dijo que era mi vida, que yo no tenía que complacerle, sino decidir sobre mi futuro y que todo lo que yo escogiera sería bueno. Me estaba diciendo que debía vivir.
Cuando me gradué, ejercí mi profesión en diferentes compañías, la pasaba muy bien, ganaba buen sueldo y me alcanzaba para todo. Hasta que se me ocurrió casarme. Que broma con el ser humano que no le gusta quedarse quieto en donde está bien. Con el matrimonio llegaron las responsabilidades compartidas. Ya no debía pensar solo en mí, sino que tenía a otra persona a mi lado. Intenté seguir con mi vida de soltero junto con ella, pero no duro mucho. Ella se empeñaba que debíamos olvidar la vida alegre y ensérianos más. Teníamos carro, casa, dinero y éramos jóvenes. ¿Qué más quería?
No quise ser egoísta y me adapté a sus reglas. Entonces sentí infelicidad. Los gastos fueron aumentando, la diversión o la alegría fueron disminuyendo. Hasta que llegó un momento en que estaba ahorcado, trabajaba para sobrevivir y no me sentía cómodo porque no pensaba en mí.
Pasaron varios años así y nada mejoró hasta que me ofrecieron un empleo en que tenía que viajar. El sueldo era bastante bueno, superaba mis expectativas y podía resolver el problema del gasto en el hogar. Pero ya era tarde. Ya no era el dinero, era el amor. Ese sentimiento se había desvanecido y no había nada que rescatar. Sobrevivíamos en un matrimonio sin amor.
Un par de años después volví a meter la pata; me casé otra vez. Esta vez consideraba que había madurado, que era bueno tener compañía. Pero no fue del todo bueno. Llegaron los celos, las manipulaciones, las exigencias y todo eso me llevó por el largo camino de la infelicidad porque sentía que mi individualidad se perdía. Intenté adaptarme a mi esposa para no echar a perder el matrimonio y también para no quedarme solo, tenía miedo a la soledad. Pero fue en vano. Otro fracaso. Después del divorcio, me encontré cara a cara con la temida soledad. No sé de dónde salió ese pavor a esa señora. Siempre me pregunté por qué no le había tenido miedo antes.
Pues pasado un corto tiempo, estaba disfrutando de esa señora. Me di cuenta de que no era malo estar con ella. Me dedicaba tiempo para mí, no tenía que vivir con reglas de otra persona, disfrutaba de mi individualidad y sentía que podía vivir. Pero la soledad es como la arena movediza. Peligrosa. Mientras más te mueves en ella, más te succiona.
Puede ser que se entienda mi pensar como algo irresponsable o como que soy un enemigo de la familia. No es así. Solo pienso que el ser humano, antes de ser familia, sociedad, hijo, padre, hermano, esposo y que sé yo, es individuo. Y para vivir, solo basta ser eso, ser nosotros mismos. De allí en mi empeño de que las parejas deben hablar mucho, o sea, comunicación. Además de ello debe estar la compresión. No se puede llegar a exigir sin dar nada a cambio, hay que respetar al otro, valorar la individualidad, tener confianza. ¿Para qué estar con alguien si no se va a confiar?
Entonces, según lo antes escrito, vivir es hacer todo sin miedo, sin depender de nadie y arriesgarse. No hay que aparentar lo que no se es. Se pueden seguir reglas de convivencia, pero eso no debe disminuir el amor propio. Vivir con miedo es sobrevivir y eso no es felicidad.
Agregando algo más: cuando se está en un empleo que no nos gusta, cuando hacemos un oficio que no nos agrada y lo hacemos porque pensamos que es la única fuente de ingresos, eso es miedo, eso es sobrevivir. Así tampoco se es feliz.
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Encuentro de Talentos ¿Sobrevivir o vivir?