Seguramente usted es como yo: nos gustan los diccionarios en físico y nos pasa algo curioso cuando los abrimos para buscar el significado de alguna palabra en particular. La leemos, la procesamos, la entendemos pero en segundos la mirada se nos va para los vocablos vecinos, con los que ella convive y -al cabo de un rato- terminamos leyendo la historia de algún país lejano, perdiéndonos en su mapa geográfico, escudriñando los nombres de sus ciudades, de sus ríos, con inmensas ganas de visitarlo algún día y pasear por sus caminos, o tal vez nos descubrimos detenidos, absortos, ante la ilustración de la obra de algún pintor o escultor, o posiblemente averiguando la biografía de algún personaje que el diccionario nos sitúa enfrente y lejos quedó el contenido de la palabra que requería de nuestra primaria indagación. Eso me pasa a mí todo el tiempo.
Tengo pasión por las palabras pues me enamoro de ellas con mucha facilidad. Encontrarlas en las avenidas de un diccionario siempre ha provocado en mí una atracción extraordinaria, estupenda, incluso como actividad lúdica. Puedo pasarme horas conociéndolas, disfrutándolas, enredándome la vida con ellas; uno de mis juegos preferidos es abrir el diccionario y seleccionar una palabra al azar, donde caiga el dedo, e intentar adivinar cuál es la que le continúa, es decir, la siguiente en el orden alfabético (casi nunca las acierto, pues eso requiere de una memoria asombrosa que lamentablemente no tengo y, sin embargo, me encanta seguir haciendo ese juego).
Sin importar si ya fueron suprimidas de los registros actualizados, hoy quiero iniciar una serie de publicaciones acerca de palabras encontradas al abrir el diccionario, cuyo significado y uso –según mi juicio– son atractivos por infrecuentes en las expresiones lingüísticas que algunas personas usamos comúnmente. Así como sucede con las relaciones interpersonales, en el ámbito de la lengua ocurre lo mismo: muchas veces conocemos los términos pero los olvidamos porque no están frescos en nuestra memoria ya que rara vez los vemos o usamos. Me propongo remozarles la existencia a estas palabras, refrescarlas, colocándolas en varios contextos y poder cumplir mi lema de valorarlas, simplemente, como palabras con vida.
A continuación la palabra seleccionada para hoy.
Diccionario abierto. Palabras con vida: andrómina
Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española[1] ( 2001: 102), andrómina es: «(De origen desconocido, quizá del n. p. de Andrómeda, personaje mitológico). f. coloq. Embuste, enredo con que se pretende alucinar. U. m. en plural.»
También ha sido definida generalmente como 'comentario tonto o sin interés' y como sinónimos de ella se han señalado las siguientes expresiones: paparruchas, enredo, mentira, engaño, fullería.
La relación entre la palabra y el mito la explica sucintamente Joan Corominas[2] (1990: 51) al afirmar que este vocablo podría ser «una deformación del nombre de Andrómeda, cuya historia mitológica se tomó como prototipo de lo fabuloso.»
Así, aproximándonos a su uso, encontramos los siguientes ejemplos: