Extraño tu sonrisa que olía a frambuesas.
¿Cómo fue qué te dejé ir en aquel verano del 83? Seguramente no vi esperanza en ti ni en tu acomodado estilo de vida. ¿Qué hice mal? ¿Por qué de pronto empiezo a arrepentirme? ¡Basta ya agonía! Deja latir en paz a mi corazón. No te aferres, desdichado espíritu, a la estela del pasado. Ya no hay nada que hacer… sólo hundirse en los mares de la resignación, y nada más.
Duele olvidarte, mucho. Aquellos días de cantos en los que alegrábamos a los citadinos que transitaban este mismo parque han sucumbido contigo. Ahora todo es gris, y sin un sentido de importancia para mis neuronas. ¡Te extraño! Y me maldigo una y otra vez por haber dejado que te esfumaras de mí como el humo de los vehículos que se pierde en el cosmos.
Hubiera preferido mil veces excavar en los bosques de la aventura contigo, en aquella camioneta igual a la que se usa para trasportar a los muertos. Pero no. Obvié tus locuras nada desquiciadas, porque en realidad era yo el desquiciado.
—Vayámonos de aquí. —Me dijiste, un día, cuando cantábamos serenatas a los niños en el parque—. Crucemos el mundo para alcanzar el éxito. Sólo tú y yo, y nuestra inmortalidad de talento.
Acepté, desde luego, pensando que era una más de tus bromas. Acordamos encontrarnos en el mismo parque de nuestras aventuras, dos días después en el amanecer. Me esperaste para siempre, porque mi sentido del estudio y la familia permitieron que abandonara la idea de la travesía por los confines de la incertidumbre. Nunca te volví a ver en persona, ni a ti ni a tu ranchera, sólo me conformé con tu imagen en el televisor.
Tenías razón, me debí ir contigo y alcanzar nuestros sueños juntos. Ahora tú das conciertos en masa, mientras yo me resigno a alimentar a las palomas. Sé que no me recuerdas, porque otra nota ha ingresado a tu repertorio musical. Se aman, y aman a su hijos, y a sus nietos… los mismos hijos y nietos que yo imaginaba tener contigo.
Pues bien, ha sido todo, porque a partir de hoy no te recordaré más. No porque no quiera, sino porque siento que mi tiempo en este mundo ha terminado. Regresaré a la soledad que me abraza eternamente... después de alimentar a las palomas, desde luego.
El camino al éxito puede estar marcado de riesgos... de retos que debemos confrontar si así lo queremos. Nada vale con intentarlo. ¿Quien sabe? ¿Cómo sabremos que no vamos a lograr el éxito si ni siquiera nos atrevemos a intentarlo?
¿Alguna vez te a tocado decidir entre tus sueños y tus miedos? No dudes en comentar este Post. ¡HASTA LA PRÓXIMA!
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