Ser karateca fue una de las mejores cosas que pude hacer en toda mi vida.

Fue una gran forma de combatir el estrés, la ansiedad y aprender a controlar mis emociones mientras fui creciendo.
Comencé cuando tenía unos 13 años, y creo que lo amé desde el primer momento que pise el Dojo (lugar de entrenamiento)
Hice amigos verdaderos, que sin importar los combates que hacíamos o el color de cinta, siempre me desmostaron respeto y me aceptaron tal cual yo era.
Llegue hasta el cinturo verde y lo deje hace aproximadamente unos 2 años, ya que mi sensei se fue del país y nadie pudo quedar a cargo.
Mientras me formaba, hice cambios de cinta y participe en algunas competencias.


Y aunque no gane muchas medallas de oro, aprendí muchísimo mientras pude, siempre practicaba y quería seguir mejorando día a día.
Jámas me trataron diferente por ser una chica, siempre fui igual a todos los hombre que estaban ahí.

Y aunque mi mundo se desestabilizó cuando deje de practicar (sigo buscando ese equilibrio) creo que aprendí muchísimas cosas que aun pongo en práctica. Siempre aconsejo a los padres (incluso con mi corta edad) y los animo a que lleven a sus hijos a practicar Karate. Les prometo tendrás hijos e hijas sinceros, puntuales, respetuosos, protectores, atentos y que siempre querrán superase a ellos mismos.
Más que un deporte, considero el Karate un estilo de vida.