Había pasado cuatro horas y media en la cola esperando su turno para realizar la actividad bancaria que requería por esos días.
La cola avanzaba con lentitud monstruosa.
Los que iban detrás de él, casi todos se habían cansado en la espera y se habían ido por lo que en muchas ocasiones quedaba de último hasta que no llegase otro a ubicarse como el último, que variaba entre diez y quince minutos, hasta que ese ultimo se iba; y así, en todo el tiempo que estuvo en el banco.
Iba conversando con los de adelante y con los de detrás suyo. Conversaba de informalidades.
Cuando, ya pasadas las dos de la tarde, le correspondía el turno de ser atendido, la señora promotora de la agencia bancaria, y que era la única que estaba prestando los servicios al público, en ese departamento, anunció enérgicamente que ya no atendería más por ese día. Que vinieran al día siguiente.
Se oyeron voces de reclamo.
Él también se hizo sentir con su voz ronca, pero de manera atenta, mostrando su malestar por la ineficiencia en los servicios de esa agencia en particular.
Desde el día anterior estaba en esos menesteres, y en otra sucursal de la misma compañía le habían indicado que no había material de oficina, y que se dirigiera a esa sucursal en la que se hallaba en ese día.
De otras oficinas habían venido remitidos muchos de los que esa mañana habían requerido tales servicios en concreto, justo a esa, en la que, ahora, ya no serían atendidos.
De manera cortés se dirigió a la expendiente-bancaria y le señaló los papeles, indicando con ello a lo que iba al banco.
La mujer con voz fuerte segura de que la oían en toda la sala, casi se burlaba a carcajada al comprender que se estaba vengando de él, al decir:
-Eso no es por aquí…. Eso es atención al cliente….
¡Vaya con Dios!
Se sintió ridículo. Se había metido en la cola que no era.
Justo la cola de al lado, y que circulaba con mucha rapidez, era la que llevaba a ser atendidos por la casilla-ventana.