Ya les he comentado que mis extravíos ocurren de la manera más inesperada, sin que yo haga nada, ni tenga la más mínima intención de convocarlos… Sencillamente ocurren y no puedo hacer nada para evitarlos. Todo empieza como una ligera inquietud. Una imperceptible zozobra me va invadiendo hasta que me veo desplazado a un lugar sin tiempo, y puedo ver y sentir lo que el otro está pensando…
Estaba yo sentado en una plaza disfrutando el paisaje, viendo como las palomas subían y bajaban, sostenidas por esa fuerza invisible que son las corrientes de aire. Mi mente divagaba en todas direcciones, me sentía complacido y extasiado. De pronto me llamó la atención un señor mayor, de barba blanca. Su apariencia muy cuidada, pantalón de lino, chaqueta marrón de cuero, y una boina que hacía juego con su atuendo. Cargaba en un brazo una bolsa de papel, de esas que todavía entregan en algunos comercios; con la otra mano agarraba un niño, de algunos seis u ocho años. En la mirada de ambos podía sentir mucha ternura, seguramente se trataba de un abuelo con su nieto…
Los dos tomaron asientos en un banco frente al mío. El señor extrajo de la pequeña bolsa un paquete de fragmentos de maíz, se lo dio al niño para que fuese a jugar con las palomas. La mirada del anciano no se despegaba del niño. Sin embargo, su mente andaba muy lejos de allí…
El aire a mi alrededor empezó a calentarse, un zumbido estremecía mis oídos…Sin percatarme de nada me sentí en la mirada del viejo…El era entonces un infante, quizás de la misma edad de su pequeño nieto. Estaba en una urbanización de viviendas populares, de esas en las que las casas están una al lado de la otra… Un grupo de niños y niñas gritaban vivaces, corrían hacia arriba y hacia abajo en la pequeña vereda. El se acercó despacio a solicitar permiso para acompañarlos en el juego. Los demás rieron y con gestos de bienvenida lo invitaron a incorporarse. Pronto estaba corriendo y jugueteando como uno más de la manada.
En un determinado momento algo se movió en un conglomerado de matas de cayenas, las que separaban solares entre las casas. Los niños se percataron de la novedad, suspendieron sus carreras y se acercaron sigilosos. El primero tomó un pedazo de madera tirado en el camino. Con una mano les lanzó un alto, los demás se detuvieron. En voz baja les indicó que iba a averiguar. Lentamente apartó las primeras ramas. ¡Aquí está…! ¡Vengan…! Gritó jubiloso... Contagiados de una extraña fiebre todos los niños se hicieron con un pedazo de madera. Corrieron hacia las matas…
Al primer golpe siguieron otros. Cada uno golpeaba frenéticamente en algún lugar de las tejidas ramas. Él, impulsado por una fuerza extraña, también comenzó a golpear. Como un poseso repartía golpes sin reparar el destino de los mismos. Largo rato estuvieron descargando la pequeña furia infantil hacia el espacio inerte de las ramas…
Una tenue línea de sangre comenzó a empapar el piso. Los niños se apartaron. El golpe seco estremeció el lugar donde se apoyaban los pequeños pies. Con caras de desconsuelo e incertidumbre todos miraron al pequeño gato que emergía de las ramas. Tembloroso y sangrante el golpeado animal dejaba en el cemento sus últimos alientos.
Los niños soltaron los palos…No dijeron nada…No se miraron entre sí…Cada uno se alejó a rumiar su pena en los confines de su habitación…
El abuelo rememoraba aquella escena. Miles de veces ese terrible recuerdo infantil le invadía la memoria. Miles de veces aquella travesura sin sentido había convocado largas noches de insomnio. En toda su larga vida no había sido capaz de enterar a nadie de aquel episodio. Nunca había dejado de culparse por haber cedido a la presión de sus compañeros. Sabía que su temor y asco hacia los gatos había nacido en ese extraño día…
Lentamente se incorporó del banco, hizo un gesto hacia el pequeño que ya venía de vuelta, suavemente tomó la tierna mano, extrajo el pañuelo y secó la sudorosa frente. Ambos siguieron su camino alumbrados por la luz del ocaso.
Una gran tristeza me invadió, los ojos se me humedecieron…las palomas subían y bajaban impulsadas por la fuerza de la invisibilidad…
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Las fotos, la edición digital y los Gifs son de mi autoría.