Puestos a elegir siempre tendemos a escoger el camino más fácil. No es que haya nada malo en ello. No significa que tengamos mejor o peor disposición para la realización de una tarea, o que tengamos predilección por despachar rápidamente una obligación. Sencillamente debe haber algún principio relacionado con la conservación de la energía que nos impulsa a buscar la vía rápida, corta y segura en vez de la más tortuosa.
Así ocurre en estos momentos con la explicación del posible origen de la pandemia. La solución más sencilla y expedita para entender el asunto es suscribirse a alguna teoría conspiranoica. Una del tipo invento premeditado. Según esto, el temible COVID-19 es el resultado de algunas mentes malévolas que en una astuta jugada biopolítica, han lanzado el virus para poner en jaque a la humanidad y, a partir de ello, sacar provecho económico y político.
La conclusión anterior tiene todos los ingredientes para hacerse popular y alzarse con un buen número de seguidores. Es práctica, sencilla y directa, no hay peligro de perderse en reflexiones complicadas. Además recoge todo el acervo creado por la industria cultural, en la que predominan las narrativas de los buenos contra los malos. Esta es una explicación perfecta para una época donde el pensar reflexivo tiende a ser una especie en extinción.
¿Pero qué pasa si prescindimos de la explicación mencionada? Inevitablemente tendremos que asumir el riesgo de sumergirnos en las profundidades del pensar filosófico, en su variante más metafísica. Veamos.
Si aceptamos que el virus no fue creado en algún laboratorio por una mente desquiciada, no tenemos escapatoria, solo nos queda reconocer que lo produjo la naturaleza. Aquí se tranca el serrucho. Porque resulta que en la naturaleza no se crea nada por azar, todo tiene su razón de ser y cumple algún propósito. Y no solamente eso, sino que por todos es conocido que la naturaleza actúa sabiamente. ¿Entonces? Se despliega un buen número de posibilidades para encontrarle algún sentido a la peste que nos ha caído. Entramos en el terreno de las preguntas difíciles y comprometedoras.
¿Acaso la aparición de la pandemia cumple alguna función en los procesos de regulación de nuestra biosfera? ¿Es la corrección necesaria ante un estado de desequilibrios que pudiera desencadenar consecuencias peores? ¿Es un alerta? ¿Un llamado de atención? ¿Una lección? ¿Una puesta a prueba para medirnos como especie?
No me voy a aventurar a sugerirles ninguna conclusión. Sencillamente no la tengo. Ando como muchos rumiando conjeturas. Solo me limito a dar algún motivo para ejercitar el pensamiento, para invitarlos a la reflexión, una costumbre que me queda luego de una vida dedicada a la docencia.
El caso es que estamos ante una situación inédita en la historia humana. Por primera vez nos encontramos en la disyuntiva de tener que sumar todos los esfuerzos posibles para recibir el menor daño. Nunca antes se había puesto de manifiesto de una manera tan clara la efectividad de la corresponsabilidad para cuidarnos unos con otros.
En situaciones límites como las que estamos viviendo suele aflorar lo mejor y lo peor de cada quien. Son los momentos en que nos damos cuenta de qué material estamos hecho.
Claro, estoy consciente que para la mayoría no es nada estimulante plantearse reflexiones como estas. Un entretenimiento mucho más fácil es pensar que el asunto no es más sino la obra de un científico malvado produciendo el virus en su laboratorio…
Gracias por su tiempo.