Anteayer, 16 de marzo se cumplieron 130 años del nacimiento -1892- del poeta peruano César Vallejo, considerado por reconocidos críticos internacionales como “el primer poeta de Hispanoamérica” (J. Cohen), en el sentido de aventajar a otros.
Fotografía de César Vallejo
Su obra está compuesta, en lo fundamental, por los libros Los heraldos negros (1918), Trilce (1922) y Poemas humanos (1923-1938) y España, aparta de mí este cáliz (1937).
Acostumbrados a “poemas” fáciles, de significación directa, sin mayores exigencias verbales, ante poemas de la complejidad verbal y carga semántica de los poemas de nuestro amado poeta podemos quedarnos un poco perplejos.
Vallejo ha sido muy estudiado, y de esos estudios existen trabajos críticos y ensayísticos de primera línea, como los de Américo Ferrari, Saúl Yurkievich y Guillermo Sucre.
De modo que sería una vana pretensión mía extenderme en hablar de su poesía aquí. Como suelo hacer, reproduciré dos poemas suyos de mi interés y los comentaré brevemente.
En primer lugar, un poema en prosa identificado con su primera frase:
NO VIVE YA NADIE…
No vive ya nadie en la casa —me dices—; todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido.
Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que las viejas, por que sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba. De aquí esa irresistible semejanza que hay entre una casa y una tumba. Sólo que la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida.
Todos han partido de la casa, en realidad, pero todos se han quedado en verdad. Y no es el recuerdo de ellos lo que queda, sino ellos mismos. Y no es tampoco que ellos queden en la casa, sino que continúan por la casa. Las funciones y los actos se van de la casa en tren o en avión o a caballo, a pie o arrastrándose. Lo que continúa en la casa es el órgano, el agente en gerundio y en circulo. Los pasos se han ido, los besos, los perdones, los crímenes. Lo que continúa en la casa es el pie, los labios, los ojos, el corazón. Las negaciones y las afirmaciones, el bien y el mal, se han dispersado. Lo que continua en la casa, es el sujeto del acto.
La belleza emotiva de este poema nos cautiva. La voz poética, desde su primera persona, nos habla al interpelar a un tú, que puede ser cada uno de los lectores. La casa, espacio vital por excelencia (resguardo, acogimiento, desarrollo personal, vivencias compartidas), no quedan solas nunca, nos dice, pues en ella seguimos habitando; está hecha de hombres concretos, y estos son “en gerundio y en círculo”: están siendo recurrentemente. Nos cautiva esta concepción orgánica de la casa, espacio donde el habitante mismo la crea y recrea somáticamente.
Pensamos en cómo por la migración -voluntaria u obligada-, por la partida física -separación, muerte-, las casas han sido dejadas y, sin embargo, siguen siendo hábitat de lo que las ocupó corporalmente.
Y de Poemas humanos el siguiente también sin título, identificado por su primer verso:
HOY ME GUSTA LA VIDA MUCHO MENOS...
Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.
Hoy me palpo el mentón en retirada
y en estos momentáneos pantalones yo me digo:
¡Tánta vida y jamás!
¡Tántos años y siempre mis semanas!...
Mis padres enterrados con su piedra
y su triste estirón que no ha acabado;
de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,
y, en fin, mi ser parado y en chaleco.
Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla... Y repitiendo:
¡Tánta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tántos años y siempre, siempre, siempre!
Dije chaleco, dije
todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.
Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado
y está bien y está mal haber mirado
de abajo para arriba mi organismo.
Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,
porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tánta vida y jamás! ¡Y tántos años,
y siempre, mucho siempre, siempre, siempre!
Este poema en versos libres, forma poética característica de su poesía, también es típico ejemplo del temple poético de César Vallejo, tanto en lo anímico como en lo estrictamente verbal.
Nos encontramos, en primer lugar, con el talante existencial de su poesía tocada por el dolor, la pérdida, la ausencia, la recurrencia de las cosas y el sentimiento frente a la inexorabilidad del tiempo y el destino. La contrariedad propia de su visión personal queda expresada elocuentemente en los dos primeros versos. Y ese tono de contrastes, de oposiciones, incluso de absurdos, impregna el poema hasta el final. Concepción alcanzada con los juegos verbales (fonéticos, grafémicos, sintácticos, rítmicos, semánticos) peculiares de su elaboración poética, como por ejemplo: “¡Tánta vida y jamás! / ¡Tántos años y siempre mis semanas!...”, donde transgrede las reglas de acentuación ortográfica para acentuar la carga significativa de ‘tanta’ y ‘tantos’.
Hasta aquí mi homenaje al poeta esencial César Vallejo.
Referencia:
Vallejo, César (1979). Obra poética completa. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
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