Quizás una de las peores taras de la humanidad sea la censura, y cuando es ejercida con coacción, e incluso violencia, se convierte en una de las más condenables. Aunque frente a la censura de aquí y de allá, de antes y de ahora (y de un posible futuro), tratemos de estar siempre prevenidos, ella puede colarse hasta sin darnos cuenta.
No fue el caso del astrónomo, físico, impulsor de grandes avances de la ciencia, Galileo Galilei, quien muriera el 8 de enero de 1642. Fue sometido, en tiempos del Renacimiento (1633), al tribunal de la Inquisición –una de las más aberrantes instituciones de las que históricamente la Iglesia Católica fue responsable–, por formular una hipótesis que contravenía el criterio aristotélico de la tierra como centro del universo y apoyaba el principio heliocéntrico de Copérnico: circulamos alrededor del sol.
La Inquisición no solo sometió a proceso a Galileo; más, lo obligó a “confesar” su “equivocación”, amenazándolo de ser sometido a torturas si no lo hacía, y a abjurar de sus ideas. Galileo para salvarse lo hizo, sin embargo, fue condenado a prisión perpetua, aunque luego el Papa del momento redujo la sentencia a prisión domiciliaria. La Iglesia Católica pidió perdón por sus errores con el papa Juan Pablo II, aunque a duras penas.
Según lo que se sabe, en algún momento, Galileo, como una suerte de reivindicación, expresó: “Eppur si muove” (“Y, sin embargo, se mueve”), frase que expresa su resistencia frente a la ignorancia dogmática religiosa y ante la injusticia en su contra.
Toda esta ominosa y triste faceta de la vida de la humanidad lamentablemente se repite, vuelve a aparecer, como si fuéramos una suerte de piedra no sensitiva, como diría Rubén Darío (aunque las piedras pueden darnos también otras lecciones).
Si la censura de las ideas, actos y realizaciones es sí misma indigna, la abjuración la llevará al extremo. Obligar a alguien a retractarse de lo que piensa o ha dicho en buena posición o intención constituye una obvia miseria humana. Así como pasó con Galileo, podemos citar uno de los más protestados casos entre los intelectuales de todas partes; me refiero al cometido por el régimen autoritario cubano de Castro y cía. en contra del poeta Heberto Padilla entre los años 1967-1971, quien fuera uno de los más importantes poetas cubanos hasta finales del siglo XX, cuando murió exiliado en EEUU.
El “Caso Padilla”, como se le conoció, además de ser una de las más grandes manchas de la llamada “Revolución cubana”, fue un doloroso hito en la literatura y cultura latinoamericana. Fue encarcelado, al igual que su esposa, acusados de actividades “subversivas”. Obligado a hacer una “autocrítica”, eufemismo de abjuración, Padilla, al igual que Galilei, fue conminado a renegar públicamente de su obra y sus expresiones.
¡Triste historia repetida! Debemos ser siempre defensores de la expresión libre, respetuosa de los derechos humanos, por supuesto.
Aquí puede leer poemas del censurado poeta por el régimen cubano (ver)