Rodolfo Varela, danzarín, coreógrafo y director de danza contemporánea, y, sobre todo, gran amigo, a quien dediqué un post en meses pasados *, falleció hace unos pocos días. Para él escribí este modesto post, como si le hablara.
Besugo. Extraño nombre, siempre lo pensé. Tu coreografía transcurría en medio de lo ambiguo y lo raro. Luego busqué y pensé: un pez de nombre desconocido para nosotros (no sé casi nada de peces, y si hay uno equivalente en nuestras costas), pero pez al fin. Debatido entre las aguas frías o templadas, con manchas en su cuerpo, de acceso a todos en la gastronomía mediterránea, de exquisita carne…, pero, también, tenido por torpe o fuera del común. Pensé: la combinación de lo que hacías: la extrañeza que nos dejaba perplejos, y la singularidad, caracteres del buen arte; el acercamiento a lo común, como lo puede ser un pescado muy consumido; tu gusto por el juego del lenguaje, en lo sonoro y semántico… Aunque también la torpeza y marginalidad que somos, según dice que algunos consideran a este pez.
Creo que en Venezuela había sido (¿sigue siendo?) muy poco asimilada la propuesta de la danza contemporánea (tan habituados a lo fácil y hecho de lo llamado "nacionalista"). Tú te atreviste no solo a cultivarla en tu creación (sin negar otras expresiones), sino, más aún, a irrumpir en nuestro medio (Cumaná, Sucre, Oriente venezolano), promoviéndola al máximo, con el impulso que recibiste de tus maestros: Griskha Holguin y Sonia Sanoja.
"Besugo" quizás sea la imagen de esa peculiaridad de tu arte dancísitico, hecho de disonancias, de absurdo, de reto al espectador, pero, en mucho, de lo que nos constituye como cultura. Y tú, la imagen de la modestia, de la entrega, de la trascendencia (aunque no sea reconocida gloriosamente).
Ojalá permanezcas como un "besugo" para todos, Rodolfo. Y en esa condición, alcanzar la "aquidad" (si cabe la palabra) o la "terredad" que somos, para hacernos más humanos.
Mi respeto y gratitud por siempre, amigo. Que descanses en paz.