Atendiendo a que este 5 de junio se cumplieron doce años del fallecimiento del escritor Eugenio Montejo, quien fuera, sin duda, uno de los más grandes poetas venezolanos contemporáneos y de los más importantes de habla hispana, decidí dedicar un post en su memoria.
Fue autor de varios libros de poemas, entre ellos, Algunas palabras (1976), Terredad (1978), Trópico absoluto (1982), Alfabeto del mundo (1986), Adiós al siglo XX (1992), Papiros amorosos (2002) y Fábula del escriba (2006). También de libros de ensayo, como El taller blanco (1983), y de otros muy particulares como El cuaderno de Blas Coll (1981) y de literatura infantil: Chamario (2004). Obtuvo el Premio Nacional de Literatura 1998 y el Premio Internacional de Poesía Octavio Paz.
Montejo, a quien tuve el privilegio de conocer y tratar personalmente, fue un poeta del "hacer interior" (como decía Rilke), poeta de verdad (perdonen lo taxativo). En su poema "Milagro puro", nos dijo con su verdad de alma: "Y este milagro de ser aquí la vida / sin saber qué es vigilia ni qué es sueño / hasta que sople la noche y nos apague".
Con ese verbo cierto, en búsqueda siempre de lo esencial, nos legó una palabra que seguirá dando sentido a nuestras vidas: "Terredad". Desde que la conocí, acogí la certeza de esta palabra, incorporada por Montejo en la vertiente viva de la lengua. Les copio la segunda (y última) estrofa de "Terredad":
Estar aquí en la tierra: no más lejos
que un árbol, no más inexplicables;
livianos en otoño, henchidos en verano,
con lo que somos o no somos, con la sombra,
la memoria, el deseo, hasta el fin
(si hay un fin) voz a voz,
casa por casa,
sea quien lleve la tierra, si la llevan,
o quien la espere, si la aguardan,
partiendo juntos cada vez el pan,
en dos, en tres, en cuatro,
sin olvidar las obras de la hormiga
que siempre viaja de remotas estrellas
para estar a la hora en nuestra cena
aunque las migas sean amargas.
Eugenio Montejo, el poeta de los heterónimos al modo de Antonio Machado y de Fernando Pessoa (Blas Coll, Sergio Sandoval, Tomás Linden, Eduardo Polo), el amable habitante de la vida que nos toca seguir, el ciudadano de esta terredad que nos agobia y reconforta... Eugenio Montejo, cercano e imprescindible, con su árbol fundamental, con el canto primordial del pájaro, acogió su muerte propia, "para que gire la gran rosa en el espacio / y nuestros cuerpos se encuentren en la tierra, / cada cual con el grito de su llama, / cada cual en su tiempo sin tiempo".
Después de su fallecimiento escribí este texto que hasta ahora estaba inédito, que quiero compartir con ustedes, y en el que quise jugar con elementos de su obra:
El viejo Blas Coll, en su isla Terredad, había encontrado unos papeles sueltos fechados en el pasado siglo XX. Reescritas, tachadas, borradas, pudo identificar algunas palabras que hablaban del canto del pájaro, del silencio de los árboles, de la rotación de la tierra, de los amantes perdidos y reconciliados, de la poesía. Eran muchas voces en una.
No tenían títulos, así que pensó en llamarlos Papiros amorosos en razón de los desconocidos y encontrados papeles, y por la cortesía y el amor de sus palabras.
En una esquina ya borrosa se veían dos letras minúsculas contiguas: em. ¿Iniciales de un nombre o inscripciones azarosas del artesano de aquellas palabras? Escritura, elegía, eternidad; memoria, muerte, misterio… Fueron varias las palabras concertadas en el pensamiento (el "pienso") de Coll.
Pero, ¿en verdad había encontrado aquellos papeles? ¿Lo había soñado o era un golpe de su memoria? Entonces pensó: Pongámosle un nombre a este hombre de nombres.
Amanecía. Un crepitar de alas y de olor blanco de pan recién horneado consagraban la vida.
Finalmente, un fragmento de un poema de Eugenio Montejo, concretamente "Mientras gire la tierra", de Papiros amorosos, fue usado por el exitoso cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu en su conmovedor filme 21 gramos, del que les dejo el enlace del fragmento: doblado u original