Cuando leemos la literatura española de finales del Renacimiento, específicamente la de carácter místico, somos atraídos por dos grandes: San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, esta última nacida el 28 de marzo de 1515 en Ávila (de ahí la otra forma de llamarla), a quien dedicaremos este post.
Santa Teresa, de cuya biografía pueden encontrar un dilatado y detallado texto informativo en el siguiente enlace, fue una religiosa, de aportes muy importantes para el desarrollo del catolicismo; en ese campo es muy relevante por su acción reformadora de la Orden de las Carmelitas y la fundación de las llamadas “Carmelitas Descalzas” con varios conventos, así como por sus elaboraciones teológicas, reconocidas así por varios pontífices posteriores, labor recogida en libros como El Castillo interior o Las Moradas. Pero también, lo que quizás sea más de nuestro interés, por algunos poemas suyos (publicados por el poeta Fray Luis de León años más tarde de la muerte de la monja). Reproduciré algunas estrofas de uno de ellos y comentaré brevemente.
Santa Teresa tuvo una vida que podríamos caracterizar como singular. Fue una vida dura, pues estuvo afectada por una grave enfermedad, que la puso en el límite de la muerte (cuatro días en estado inconsciente), y diferentes sufrimientos corporales. Vivió estados de éxtasis que los identifican con una experiencia mística terminal, relatada por ella e inmortalizada en el arte por la famosa escultura de Bernini. Incluso fue asediada por la Inquisición.
Su escritura, más allá del carácter estrictamente religioso, está nutrida por su formación –herencia de sus padres y del entorno–, sus lecturas de los clásicos y de autores de la época, y, por su imaginación, facultad que ella llamó “la loca de la casa”. Por ejemplo, en El Castillo interior o Las Moradas escribe:
(…) considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante u (sic) muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, ansí (sic) como en el cielo hay muchas moradas.
Uno de los poemas que leímos de Santa Teresa y resuena en nosotros es el que se conoce con su primer verso: ”Vivo sin vivir en mí”, del cual, por ser un poco largo, solo reproduciré algunas estrofas.
Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.
(…)
Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
(…)
Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.
(…)
El tema del poema, a distancia de nuestra posición personal, es propio de una tendencia mística muy estoica, en la que la muerte aparece como la esperanza ante una vida que alarga el encuentro con Dios. Literariamente, me interesa destacar una construcción de mucha musicalidad (sonoridad y ritmo) marcada por el estribillo, es decir, el verso que se repite al final de cada estrofa, y que, en este caso, funciona como leit motiv, es decir, motivo recurrente.
Pero más aún, un elemento en la estructuración de las frases y de la significación, que consiste en un recurso discursivo dado por la contradicción complementaria; dicho de otro modo, por la coincidencia entre opuestos. Ese recurso no solo es la base del estribillo: “muero por que no muero”, sino que atraviesa todo el poema, por ejemplo: “Vivo sin vivir en mí”, “vivo de que he de morir”, “para ganarte, perderte”, entre otros. Se trata de un pensamiento de sumo interés, en la literatura y la filosofía, que será muy propio de la subjetividad barroca, ya en ciernes para el momento de Santa Teresa.
Referencias:
Santa Teresa de Jesús (1999). Las moradas del castillo interior. España: Edimat Libros.
Marchese, Angelo y Forradellas, Joaquín (1986). Diccionario de retórica, crítica y terminología literaria. España: Edit. Ariel.
https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-santa-teresa/