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Uno de los grandes temas de la reflexión y teorización sobre el arte en los tiempos contemporáneos es el de la relación del receptor (entiéndase lector, espectador, escucha, etc.) con la obra artística. Existen pensadores y teóricos que son pieza imprescindible en la consideración de este tema; esta vez les traigo a dos principales.
El poeta y ensayista francés Paul Valéry, autor del afamado poema "Cementerio marino", quizás el mejor heredero de la visión poética del padre del simbolismo Stéphane Mallarmé, produjo variados estudios, reflexiones y anotaciones acerca de estética y poética, de un alto nivel filosófico y analítico. Reproduzco un fragmento:
Reconocemos la obra de arte por el hecho de que ninguna idea que suscita entre nosotros, ningún acto que nos sugiera pueda agotarla o darle fin (…) En ella el goce renueva la necesidad; y no hay recuerdo, pensamiento o acción que pueda anular su efecto o liberarnos enteramente de su poder.
Un autor al que necesariamente hay que acudir cuando se trata de temas de teoría estética y poética es el escritor italiano Umberto Eco. Además de ser de los principales semiólogos del siglo XX, desarrolló una obra novelística sumamente atractiva, que comenzó con su reputada novela El nombre de la rosa. De su amplísima consideración del tema en cuestión, hacemos esta cita:
El objeto artístico es gustado por una pluralidad de consumidores, cada uno de los cuales llevará en el acto de gustar sus propias características psicológicas y fisiológicas, su propia formación ambiental y natural (…) Por consiguiente, por honesto y total que sea el compromiso de fidelidad con respecto a la obra que ha de gustarse, todo deleite será inevitablemente personal y captará la obra en uno de sus aspectos posibles. El autor crea la obra como apertura a estas posibilidades.
Como se suele decir, las citas en este caso hablan por sí mismas; son suficientemente explícitas; no obstante, comentamos brevemente.
Estos ejemplares filósofos del arte nos presentan dos rasgos estrechamente vinculados entre sí. En la reflexión de Valéry destaca la inagotabilidad en el tiempo de la obra artística (siempre que lo sea verdaderamente, por supuesto); es decir, su perpetuidad o permanencia en tanto que esté conectada auténticamente con la subjetividad de su receptor, en cualquiera de los modos como emocional, cognoscitiva o espiritualmente se produzca esa conexión, sea placer, tristeza, memoria afectiva o histórica, conocimiento, entre otras.
La proximidad (incluso identificación) de un destinatario con una obra artística podría manifestarse en una reacción inmediata de goce ante ella; mas no necesariamente debe suceder así: puede que la obra vaya con el tiempo cobrando significación interior en el receptor, y ser redescubierta y revalorada, incluso más que otras de pronta empatía.
Con ello le otorga Valéry un valor muy personal a la relación del receptor con la obra. Y en eso se vincula con lo formulado por Eco. La relación receptiva de la obra artística estará marcada, condicionada (casi determinada) por las condiciones de su destinatario. Alude Eco a lo estrictamente personal de este, o sea, a su disposición anímica, conocimientos, expectativas, pero también a lo específico de su entorno geográfico, cronológico, social.
La recepción estética (así se dio en llamar a la filosofía o teoría que la ha tratado) es personal e histórica, dicho de otro, responde a las condiciones específicas del destinatario y sus circunstancias, como ya habría indicado el filósofo español Ortega y Gasset que está conformado nuestro ser.