Arte Digital hecho por mi tomando como base esta imagen
Pablo camina acompañado de una mujer de unos cincuenta años, de facciones eslavas, por un concurrido boulevard del centro de la ciudad.
Su trabajo de guía turístico, al que le dedica la mitad de su tiempo, lo disfruta de una manera muy particular.
-Regálenme algo.
La voz suplicante de un chiquillo de unos 14 años, de mirada perdída y aspecto semi harapiento, los detiene un momento, pero indiferentemente continúan.
La turista lo mira medio sorprendida pero con una mirada tranquilizadora y una señal de seguir con la mano, logra que salga de su estado.
-Cada vez son mas los chicos que se ven por estos lados en ese estado.
-¿Por qué no le da algo?
-Quieren dinero para comprar droga, sería un mal que se lo diésemos.
-¿Droga?
-Si, así se mantienen hasta que por falta de nutrición o exceso mueren.
-¡Que terrible!
-Lo peor de todo, es que muchos tienen padres y ni se interesan por ellos.
Una ráfaga de aire seguida por un ligero golpe que le raspa el cabello y un empujón producido por el cuerpo ante la carrera luego de arrebatarle la gorra de los flamantes Yanquis de Nueva York que lleva puesta, es lo que a continuación acalla sus palabras.
El joven como poseído de repente por un impulso dominante en fracción de segundos se posesiona de ella y corre raudo por la calle huyendo.
A Pablo por un instante se le tensan los músculos con intención de perseguirlo, pero la mano de su acompañante apretándole el extremo superior del brazo lo detiene.
-¡Déjelo!
Con un fruncir de frente le dice adiós al regalo de su amigo recién llegado de Estados Unidos.
El ladronzuelo sin mirar atrás dobla por varias esquinas y en una vieja casa destruida se refugia.
Su pecho casi explota por el esfuerzo.
Respira profundo buscando oxigeno entre el ambiente y cierra los ojos, como pidiendo este a un ser imaginario que le acompaña.
Hay rasgos de temor en su semblante, su piel reseca y sucia transpira.
A su cerebro una chispa llega encendiéndolo y desde los escombros, enterrado meticulosamente, saca un pequeño frasco, que en sus inicios sirvió para alguna mayonesa vendida en los supermercados.
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Con lo ultimo de fuerzas sobrantes abre la tapa y llevando el recipiente a sus fosas nasales, aspira de manera lenta al principio y más profunda posteriormente.
Chuchú, que es como lo llaman sus compañeros de calle, va llenando de esa manera el vacío que las vitaminas, los medicamentos o la comida proporcionan.
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Es un método primitivo y atentatorio contra la integridad de su organismo pero es el único que tiene a mano desde hace muchos años.
La pega o goma con la que los zapateros reparan las suelas de los calzados, es económica, fácil de conseguir y libre, además, es común en el sector donde ha vagado, por tanto, tiempo.
No recuerda, quizás por no tener o por haber perdido la capacidad de recordar, si posee algún familiar o alguna persona que conozca del paradero de ellos.
Su memoria lejana no existe y la reciente a veces parpadea perseguida por estados de conmoción que le aíslan de la realidad que lo rodea y lo transporta a un mundo subliminal donde deja de vagar para ser solo un soplo del delirio que lo aprieta y asfixia, dándole a la vida un sentido abstracto donde se pierden valores o enseñanzas o donde naufragan las emociones que intentan sobrevivir sumergidas en un shock perenne que las insensibiliza.
No recuerda tampoco cuando fue la ultima vez que lloró, ni cuando deseó algún objeto para que formara parte de sus propiedades, las cuales son inexistentes.
La ropa que le cubre la consigue al igual que la comida en los desechos de la basura, donde debe luchar contra los insectos, mayormente moscas, gusanos y hormigas, para tomarlos.
Lo que roba lo cambia por pega a algunos comerciantes o trabajadores de la zona.
Su hogar son las calles, las cañadas, los puentes, las casas destruidas o cualquier madriguera donde duerme cuando extenuado lo vence Morfeo.
El techo de todas ellas, el cielo, a veces triste, otras alegre.
Ha visto como enferman y mueren sus compañeros o como son llevados por la policía, en épocas cada vez más distantes a hogares de reclusión construidos para ellos.
Una vez estuvo allí.
Lo bañaron, asearon, dieron ropa decente y comida para su estomago lánguido.
Después un doctor le examinó y administró algunos medicamentos.
Le dieron un cuarto junto a otros veinte jóvenes donde un televisor intentaba distraerlos.
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Pero tan fría como las noches de lluvia, las paredes allí tenían voces de lamentos, de desesperanza.
Intentó quedarse pero solo días después la ansiedad de la pega le atormentó y terminó venciéndolo ayudado por el desinterés de sus cuidadores.
Se sintió un mueble más entre todo esa arquitectura y con la complicidad de la noche volvió a las calles oscuras del centro.
Ahora ni lastima siente por ellos.
Terminará de vagar cuando sus ojos dejen de abrirse producto de algún mal que lo ataque o cuando alguna de sus victimas sea más rápido que sus reflejos.
El trabajo de hoy ha sido sencillo, el trofeo valdrá sin duda mas de un frasco del elixir que lo mantiene vertical sobre el pavimento, lo presiente ya que las ha visto en los almacenes y sabe que están de moda.
Se sacude un poco el polvo de sus ropas y la esconde dentro de su pantalón para llevarla a su cliente y efectuar el trueque.
Con eso tendrá descanso por hoy.
Tendrá tiempo para sentarse a la orilla del muelle y contemplar los barcos que surcan el horizonte, imaginándose que viaja en alguno de ellos.
A lo mejor tenga tiempo en alguna ocasión para hacerlo.
Los años ya no caben en sus dedos y hasta allí sabe contarlos.