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El chirrido de los neumáticos que se deslizan sobre el pavimento es lo último que él escucha.
Como un par de ojos de alguna bestia mitológica que hace aparición en medio de la noche, los faros del vehículo inundan su rostro sorprendido y con un rictus visible de estar intoxicado por los efectos del alcohol.
Cual torero corneado por el toro, vuela por los aires sintiendo el frio del viento que choca por fracciones de segundos con su cuerpo y como pesada roca, cuya fuerza de gravitación atrae hacia el suelo, cae sobre el vehículo que lo ha arrollado, perdiendo el conocimiento y posteriormente como balón de basquetbol que rebota, cae a la carretera.
La conductora en estado de shock ante lo vertiginoso del acontecimiento, con ojos desorbitados y el corazón a punto de explotarle el pecho, grita histéricamente.
Aunque la zona no es tan populosa, en fracciones de segundos va llenándose de curiosos, uno de los cuales llama al servicio de emergencias.
A pocos metros del accidente la gente murmura.
-Han atropellado a Julián.
-¿Está muerto?
-Así parece.
Los comentarios se multiplican mientras el cuerpo, sangrando por la cabeza permanece en el lugar.
Nadie tiene el valor de verificar su deceso.
Todos se limitan a ser espectadores bulliciosos.
La sirena de la ambulancia despierta a la pequeña multitud, aletargada y pasmosamente inoperante, solo unos pocos han logrado calmar a la conductora, quien sin dejar de llorar pregunta.
-¿Lo maté?
-No lo sabemos.
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Tras las operaciones de rutina en estos casos, el arrollado es trasladado al hospital más cercano.
Mientras la sirena con su ulular alerta a los conductores sobre la prisa de su andar hacia el lugar de destino, el hombre, con pesadez abre los ojos.
Un dolor que le taladra el cerebro y que proviene de sus piernas le dificulta respirar, aun con la mascarilla de oxigeno colocada y su cuerpo rígido por las amarras que lo inmovilizan.
-Ha sufrido un accidente, vamos camino al hospital.
Escucha las palabras entrecortadas y como salida desde un yermo.
Intenta recordar.
Al igual que todos los sábados salió del negocio de comida rápida, del cual es propietario, a las seis de la tarde y como ya se ha hecho costumbre a lo largo de los últimos años se fue a la Casa de Apuestas de Heberto, a observar, ya que nunca ha sido partidario de jugar el dinero tan trabajosamente obtenido, el juego de béisbol.
Allí entre trago y trago y los gritos de los apostadores ante alguna jugada que significara una posible carrera y por lo tanto una victoria, ya que el juego se había extendido más allá de los nueve inning reglamentarios, hacía un breve análisis de lo que es su actual situación.
Con los años los gastos han ido creciendo mucho más que los beneficios que le proporciona el negocio y los hijos han necesitado auxilios económicos mayores, por lo cual, en ocasiones ha caído en las manos usureras de los prestamistas y sus deudas han crecido de una manera tan bestial que en estos momentos, asemejan un monstruo a punto de devorarlo.
Le urge una nueva entrada de dinero y ya sus fuerzas no son las mismas de hace una decena de años atrás, cuando en momentos similares activaba su perseverancia y como gitano de circo ponía a funcionar su creatividad y se sumergía en campañas de venta o similares que le proporcionaban jugosas comisiones y le sacaban del apuro.
Nunca bebió para emborracharse pero hoy al parecer el juicio tomó vacaciones y lo abandonó en el lugar inapropiado.
En lugar de pedir un taxi como siempre lo hacía, ya que no acostumbraba ir al trabajo en su auto, dado que tras un accidente ocurrido hace algún tiempo, no acostumbra conducir cuando toma alcohol, prefirió irlo a buscar en la calle y en su lugar encontró, ante su imprudencia, lo que nunca pensó pudiera pasarle, menos aún en el momento más crítico de su vida.
Ahora el dolor le recuerda que harán falta nuevas estrategias para solventar lo que se avecina y ruega a Dios que todo pase rápidamente.
-¿Le duele algo?
Si dijera todo no estaría escandalizando los síntomas que lo arropan.
-Sí, las piernas y todo el cuerpo.
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Es lo último que puede decir antes de perder el conocimiento.
Cuando abre sus ojos nuevamente se topa con el rostro preocupado de su esposa, que es todo un poema de terror.
Sigue inmovilizado y solo puede murmurar.
-Estoy bien.
Espera un reproche pero recibe como respuesta una palabra de aliento.
-Saldrás de esta.
Intenta asentir con la cabeza.
-Dios está contigo. –Responde ella a su gesto inconcluso, adivinando lo que intentó decir.
Ante los momentos duros su esposa ha sido una muleta como ninguna.
Una servidora infatigable y una creyente fervorosa del poder de Dios, del cual él nunca ha dudado pero al que le ha dedicado poca atención.
Y su mente envenenada por los medicamentos, en una travesura inusual le responde.
“¿Si está conmigo, por qué permitió que me atropellaran?”
Su pensamiento es interrumpido por su compañera.
-Tienes fracturada las dos piernas, pero el doctor dice que con cuidado y una terapia posterior sanarás completamente.
En ese momento llega su hija mayor, envuelta en un mar de lágrimas y sin percatarse tal vez de su estado, se lanza sobre él abrazándolo.
-¡Papi, estas bien!
Poco a poco la habitación va llenándose de sus familiares, vecinos y amigos.
Uno de ellos le regresa el celular, rescatado en el lugar de los sucesos y el cual había sido hurtado por uno de los curiosos.
Al final, dada la multitud de visitantes, estos son desalojados por el personal del centro hospitalario.
Puede ver a través de la ventana de la habitación que es de madrugada y un sopor va envolviéndolo y llevando a brazos de Morfeo.
Antes, tiene tiempo para escuchar la oración que su esposa, casi al oído le exclama.