El olor a humo producido por la moderna cocina a kerosén y sus mechas que sustituía en ocasiones a la leña, me llevan a esa época infantil que queda atrapada en nuestra memoria y que sale a flote estimulada por algún olor o sabor.
Llega con ellos la figura de mamaguela, toda una creadora cuando se trataba de alimentar su prole y la de algunos que se arrimaban por diversas causas hasta su humilde casa, hoy desaparecida, en la cual transcurrió intermitentemente ese trayecto de mi vida.
Su menú exótico y natural abanderado en el almuerzo por su sopa de fideos con verduras y trozos de pan que sustituían la carne que la economía familiar no permitía comprar y el cual era el único plato de esa hora y en las tardes el fororo y la avena eran alternados con las arepas de maíz molido en una rustica moledora o el pan esponjoso que vendían las sicilianas que vivían al cruzar la esquina.
Vender billetes de lotería y algún dinero que aportaban los hijos mayores le parecía suficiente e incluso alcanzaban para jugar bingo o cartas con algunas amigas.
Recuerdo que un pañuelo le servía de cartera y en el mismo envolvía las monedas, con los que hacia sus compras en las bodegas del sector, ya que los billetes eran escasos.
Por las mañana era el rey y mientras la prole comía alguna otra cosa mi cola Victoria y el pan dulce era infaltable en esa hora del día, recuerdo que la esperaba casi siempre sentado en el enlosado del frente, que por las noches servía para dormirme en su regazo mientras me acariciaba el cabello y me tarareaba alguna canción que hoy no recuerdo. Sus pasos eran lentos y su semblante nunca demostró que la situación la atormentara.
Pasé mis primeros ocho años viviendo en una casa construida al lado de la suya que al final se transformó en un apéndice donde familiares y amigos comunes pasaban y visitaban.
En el pequeño patio de la nuestra había una mata de mamón que resultaba un dolor de cabeza para todos ya que era el blanco perfecto para los jovenzuelos del sector y por temporadas se llenaba de gusanos que llamábamos peluos, los cuales daban fiebre y malestar al ser tocados.
El patio suyo era ocupado en su mayoría por los gallos de pelea de mi tío Alejo, el tercero de sus hijos, y algunas gallinas que se criaban para que sustituyeran al pan en sus sopas.
Recuerdo la devoción con la que todas las noches amarraba una bolsita de pan a la que agregaba un trozo de queso en el mecate de la hamaca de su hijo menor, el tío Alirio, quien siempre llegaba tarde en la noche.
Solo había una cama y un cuarto, la suya, que años después fue ocupada por mi abuelo quien estuvo recluido por decenas de años en el manicomio, por lo que todos dormíamos en la sala, respetando el descanso nocturno de ella.
Poco conocí de su juventud o de su vida, hay vagos recuerdos extraídos de alguna conversación o algún cuento narrado por mis padres, tíos, algún conocido cercano o por ella misma mientras estuvo por meses en mi casa gravemente enferma, al cuidado de mi mamá, mi tía Regina y yo.
Fueron duros meses que al salir a flote hacen escapar alguna lágrima y en la cual pudimos acercarnos mucho más rememorando esa época feliz de la infancia.
Mamaguela fue simple, silvestre, conforme, vivió sin pensar en lo bueno del pasado o en lo que le esperaba en el futuro. Nunca se quejó de sus dolencias, a pesar que al final de sus años fueron muchas. Para ella el tiempo fue un trayecto que le tocó recorrer y que sirvió para extraer de si el amor por su familia.
Fue un ser transparente que llega a mi memoria cada vez que las cosas complicadas de la época me hacen refugiar en ese pasado lleno de alegrías, ingenuidad, paz y amor.