Quinientos años después de la Gran Pandemia, cautivo y eliminado definitivamente el coronavirus, la Humanidad puso rumbo a las estrellas.
Como símbolo de la Nueva Humanidad, aquélla que sobrevivió a los tres cuartos de víctimas mortales producidos por la Gran Pandemia y otros desastres naturales de diversa índole y naturaleza, que se propagaron como las míticas pestes bíblicas, se eligieron las catedrales medievales, dado que éstas siempre habían representado la conexión entre el cielo y la tierra, entre el hombre y la divinidad.
Dado que la catedral de Notre Dame de París, había sido parcialmente destruida por un pavoroso incendio que se produjo un año antes de la Gran Pandemia, el Consejo Asesor de Supervivientes puso sus miras en otra catedral, no menos relevante que aquélla, que hasta entonces había sido el símbolo de la vieja España: la catedral de Santa María de Burgos.
El lugar elegido, junto a los Canales de Marte, símbolo de la defenestrada civilización marciana, desaparecida cuando la Tierra era aún joven, fue el mismo que cincuenta años antes había ocupado una réplica de la mansión Usher, levantada por un excéntrico grupo de millonarios, románticos y fervientes admiradores de la obra de Edgar Allan Poe.
Bajo este antiguo símbolo, en cuya estructura se recogía el concepto de Dios, respondido mil quinientos años antes por Bernardo, abad de Claraval –belleza, equilibrio, proporción, peso, medida, mesura y armonía- Marte se convirtió en el Santuario ideal desde el que la raza humana habría de iniciar el salto definitivo a las estrellas.
Comenzaba, pues, una nueva época, que dejando atrás el uso indiscriminado y obsoleto de los cohetes y los carburantes fósiles, había aprendido a utilizar las técnicas de ensoñación de Carlos Castaneda para sus viajes interestelares.
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