Los lugares y los caminos, son como las personas: de alguna manera, tanto para bien como para mal, siempre dejan huella.
Pero sea como sea, sin importar el tiempo ni tampoco la circunstancia, hay que recorrerlos con el ánimo despierto, bien templado, siguiendo siempre el inestimable consejo de Cavafis, quien en su poema dedicado a Ítaca –o al menos, a la Ítaca que todos llevamos dentro- nos daba un consejo inapreciable: no apresurarnos nunca.
De esa forma, estaremos en disposición de vivir el Camino, de sentirlo profundamente en nuestro interior, como si fuera la más maravillosa y espectacular de las aventuras.
Tal vez así, lleguemos a comprender, que el verdadero secreto del Camino estriba, precisamente, en descubrir que es una prolongación de nosotros mismos y que como tal, tiene sus virtudes y también sus defectos.
Como la Vida, el Camino tiene también su carácter: puede contener tramos plácidos, como una sonrisa; sombríos, como la incertidumbre o terriblemente duros como la ira.
Pero lo principal, después de todo, estriba en la cuestión de que, sea cual sea la faceta que nos muestre en cada momento de nuestro viaje, siempre tendrá una lección que enseñarnos y con la que aprendemos a madurar.
Y a veces, en ocasiones muy especiales, también nos enseña sus ojos.
AVISO: Tanto el texto, como las fotografías que lo acompañan, son de mi exclusiva propiedad intelectual.