Foto de Nelly Aran en Pexels
El verano del 2019 tuve la oportunidad de poder enseñarle a los sobrinos de mi esposa Fabiana como nadar sin sentir que era una clase, solamente jugando. Los 2 pequeños, Leo de 2 años y Elan de 3 años y medio, vinieron de vacaciones a pasar tiempo con su familia.
Aprovechando que en la casa que habían alquilado tenía una piscina, voluntariamente me ofrecí a nadar con los dos niños un par de horas cada día. Siendo instructor de buceo y de primeros auxilios, me siento muy cómodo haciéndolo.
El primer día que llegué, tanto Leo como Elan estaban super emocionados por meterse al agua, pero ambos tenían miedo de meterse. Cuando ya estaban listos con sus braceras para nadar, me metí al agua primero y me acerqué a los escalones en la parte más baja de la piscina. Elan el más grande, tenía muchas ganas de meterse, pero cada vez que lo pensaba, se le quitaba el impulso. En cambio Leo al ver que yo podía hacerlo, al yo levantar los brazos para darle la seguridad que lo iba ayudar, sin pensarlo dos veces, saltó hacia mi. Un minuto después de que Elan vio que no pasaba nada con Leo, decidió meterse, pero caminando por los escalones.
Conforme pasaron los días, me di cuenta que el patrón permanecía, Elan pensaba mucho las cosas y se le quitaba el impulso, tenía que animarlo, en cambio Leo al ver que yo podía hacerlo, él lo intentaba, y si no podía lograrlo, lo volvía a intentar, no se daba por vencido nunca hasta lograrlo.
El resultado fue claro, Leo aprendió a nadar más rápido que Elan, aunque ambos al final aprendieron a nadar sin braceras.
Ese mes entendí algo muy importante en la vida, que leemos en libros pero no entendemos el ¿por qué?, y es que entre más queremos saber de algo, más lo sobre analizamos hasta llegar a análisis parálisis, nos quita el impulso y regresamos a cuestionarnos. Si seguimos a un mentor, a alguien que ya ha llegado o a estado donde nosotros queremos estar, simplemente hay que replicar lo que esta persona ya hizo, a nuestra manera.