Heridas
la jornada comienza,
el retrovisor me muestra
cascadas de lágrimas
en el rostro de la musa
que deja la piel amilana y amedrenta.
y el llanto se acrecienta
mientras la rubia cruza sus piernas
y al oído se acerca con su querella
desconsolada y venas abiertas,
de pronto el silencio
se apodera del momento
y los argumentos del taxista
entran en contexto
viendo los ojos
de la musa en directo
y el volumen a la radio le sube
con dedicatoria incluida.
heridas que ni con sal se olvidan
y el juego de la codicia
la propia familia descuida.
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