Veo ciudades del mundo dividirse
en dos o tres y en muchas mitades.
Unos entran y otros salen del abismo,
hay gente dividiendo las razas
sin entender las identidades,
juzgando pesos, colores, dialectos.
Veo vidas sin almas y otras que sí
saben servir sin fraccionar
sus corazones felices
en dulces o amargos,
jóvenes o sabios...
En cambio, hay
culturas que compiten creyendo
que hay rasgos superiores,
negros o blancos, altos o bajos,
flacos u obesos, gringos o sureños
libres o esclavos, mujeres, hombres.
El sueño Ario mutó en la sociedad,
en la que busca rasgos
de correctas medidas
y que considera su ego superior
al defender su afición, su signo,
su sexo, su color,
su acento, su oficio.
Pocos, cada vez menos,
los que tienen la mente
daltónica pero sana
y sin pensarlo se acercan,
abrazan sin pudor,
quieren sin distinción,
ayudan sin nada a cambio
y son ciegos de rencor
sordos midiendo segmentos
mudos declarando vanidades,
en fin, incapaces de mesurar
vanos atributos, excepto
el de los actos benévolos.
No somos de colores
ni tenemos un mejor argot,
somos aquello que bien hacemos,
lo que brindamos y enseñamos,
somos más cuando
echamos de menos
las burdas taxonomías.
Quizás,
sí somos
más.
Foto tomada con un Samsung S6
Derechos Reservados