El frío está tocando mi ventana y yo no lo dejó pasar, pero se cuela por las rendijas. Todavía no me hace temblar ante su presencia, pero otros los veo soplar y resoplar sus manos.
Las mías hierven de frío, al rato los guantes logra calmar mi angustia, abrazan y tocan la ardiente taza de té, que no tarda en volver a enfriarse. Qué poco dura la calentada y lo peor es qué sigue echando humo.
El sol ilumina por ratos, dónde pone su mirada está calentito, voy buscándolo en cada banca del parque jugando el juego de la sillita.
Otra señora también lo está buscando, se cambia disimuladamente mientras conversa por teléfono. Pero que frío más afrecho parece decir. No sé lo qué significa.
Dicen las malas lenguas qué no tarda en llegar la nieve, espero verla antes qué me vaya al país de origen. Sólo en Mérida la tuve en mis manos hace treinta y pico de años.
Salgo poco mis hijos trabajan, barro, bailó y hago ejercicio, bajo y subo escaleras, sacó la basura y camino en el parque. Veo niños jugando forrados de telas invernales, no sé ni cómo pueden moverse, deben quedar agotados.
Un viernes tranquilo de fríos amaneceres, noticias van y vienen de Venezuela. Mamá se te quemó la cafetera, el técnico dijo qué ya era irreparable. Agarra la otra, la de reserva.
Uso hasta dos cobijas para dormir, pero me siento atrapada ante el peso de los protectores climáticos. Pero con eso ya no hay frío. Hay calor cómo te extraño.
Todas las fotografías tienen marca de agua y fueron tomadas con mí móvil Realme 5 pro.