Una de las imágenes más conmovedoras de las que tengo memoria está referida a un hallazgo arqueológico ocurrido en 2007 en Valdaro, en las afueras de Mantua, ciudad ubicada al norte de la región italiana de Lombardía. El descubrimiento causó gran impacto a nivel mundial llamando la atención y, especialmente, la imaginación de los científicos y los románticos empedernidos. Se trataba de un par de cadáveres del neolítico que fueron encontrados enterrados juntos, enredados uno frente al otro, provocando referencias de Shakespeare en abundancia. Esto sólo fue reforzado por el hecho de que Mantua, que se encuentra cerca de este lugar, fuese el lugar de exilio de Romeo, modelo icónico para cuentos de romance y tragedia. En la actualidad permanecen juntos, pero en una exposición.
Recuerdo perfectamente que transcurría el mes de febrero de 2007 cuando pudimos contemplar un amor que se había trascendido a sí mismo dejando constancia de que, efectivamente el amor supera a la muerte. La imagen me recuerda también aquella escena conmovedora de los dos abuelitos tendidos en la cama, abrazados el uno al otro, antes de que terminara de sucumbir el _Titanic _de James Cameron estrenada 10 años antes. A esta pareja se les ha llamado desde entonces Los amantes de la Valdaro, tanto por su sitio de descubrimiento como por el hecho de que su posicionamiento hace que se vean como amantes, fueron descubiertos cara contra cara con los brazos y las piernas entrelazadas. Llevaban enterrados seis mil años. Su descanso desde el neolítico nunca había sido interrumpido y dormían un sueño que parecía eterno.
Según lo arrojado por las investigaciones, se trata de una pareja, hombre y mujer, de una edad no superior a los veinte años. Su altura rondaba los 1,57 metros de altura. Se cree que murieron por congelamiento, y que el hecho de que aparecieran abrazados se debe a que estaban tratando de darse, mutuamente, calor. Aunque esto no obsta para que, en el futuro, pueda llegarse a una conclusión distinta.
Si bien es cierto, y como hemos apuntado, las imágenes dispararon el imaginario hacia Romeo y Julieta, en mi caso fue muy distinto. Cada vez que veo la imagen no dejo de pensar en la poesía de Oliverio Girondo, poeta argentino, y la de nuestro Juan Liscano. Claro está, también vienen a mi mente caricias verbales que desnudan danzan en el Cantar de los Cantares.
Hay un poema de Oliverio Girondo que pareciera describir, casi a la perfección, la ternura del abrazo con se visten estos dos amantes. Se trata del Poema 12 de su libro Espantapájaros (al alcance de todos) de 1932. Los versos que dan vida –y calor al poema– parecen extraídos del fuego que aquellos lejanos amantes buscaron en el cuerpo del otro para vencer al frío. El poema dice: Se miran, se presienten, se desean, se acarician, se besan, se desnudan, se respiran, se acuestan, se olfatean, se penetran, se chupan, se demudan, se adormecen, se despiertan, se iluminan, se codician, se palpan, se fascinan, se mastican, se gustan, se babean, se confunden, se acoplan, se disgregan, se aletargan, fallecen, se reintegran, se distienden, se enarcan, se menean, se retuercen, se estiran, se caldean, se estrangulan, se aprietan se estremecen, se tantean, se juntan, desfallecen, se repelen, se enervan, se apetecen, se acometen, se enlazan, se entrechocan, se agazapan, se apresan, se dislocan, se perforan, se incrustan, se acribillan, se remachan, se injertan, se atornillan, se desmayan, reviven, resplandecen, se contemplan, se inflaman, se enloquecen, se derriten, se sueldan, se calcinan, se desgarran, se muerden, se asesinan, resucitan, se buscan, se refriegan, se rehúyen, se evaden, y se entregan.
El hombre la abraza como muestra de fe en el amor. Ese amor que, a través de ella, lo unifica con el amor de Dios, puesto que la belleza de la amada es destello de lo divino. Y es que todo lo bello es amado en aquel que percibe esa belleza. Mujer que se transforma misteriosamente en resplandor de gran luz santa. Luz que arde en la desnudez que silenciosamente abre su corazón para respirar miradas y fuegos, caricias y estremecimientos, sueños y utopías. Decía Ibn Arabi que la visión de Dios en la mujer es la más perfecta de todas. La mujer tendida entre los brazos de su amante me trae el recuerdo de, justamente, la esposa de Ibn Arabi, Mariam al Bayiya, hermosa y ardiente, que le hizo descubrir los gozos del amor físico, sino también el éxtasis del amor místico. Ella lo introdujo en la magia de las palabras, en el misterio del más allá y en el arte de la meditación y la contemplación. Quizás por ello Girondo da inicio a su poema con la _mirada _y el presentimiento, pues de allí emerge el ardor que enlaza a los amantes hasta el desgarro, hasta el sumergimiento, la disolución completa.
Disolución que me conduce hasta las puertas interiores donde La Pareja sin Historia de Liscano se acarician, se bastan, se colman de ellos mismos. Fundidos, como los amantes de Valdaro, que llevan siglos pareciéndose, abrazados en todas las parejas que se abrazan para inundar la tierra de su presencia. Amantes que se miran a sí mismos en el otro, raudales de ríos que conducen a la unidad del origen hasta volverse a oler, a gustar, a desear descubriendo en el borde inhóspito de la caricia la libertad que deslumbra. Él la advierte desnuda al ritmo de su pecho que brama como toro alucinado. Se derrite por los dedos mientras acaricia el rostro que lo refleja. Ella abre los ojos mostrándole un paraíso sin castigo lleno de delicias, frutas y ramajes de íntima penumbra. Él la nombra por sus partes que le dan sonido al deseo. Ella lo transforma en canción que jadea como pulmón del mundo. Él y ella, los amantes de Valdaro, que somos nosotros cuando brillamos entre las redes de los olores magnéticos, cuando el mundo queda afuera y alcanzamos a ser raíces de un paraíso que vence el frío y el calor. No somos un hallazgo. Somos la puerta hacia el hallazgo.
Paz y Bien