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Las reglas de etiqueta me obligan
a reprimir todo sentimiento,
toda pasión,
toda lujuria,
teniendo solo espacio para
la rigidez,
la timidez,
la sumisión,
el autosacrificio.

Este amor victoriano,
tan reprimido y sin embargo tan atesorado,
me hizo ver que la apariencia importa
más que el puro sentimiento;
que la obligación y el deber son más importantes
que ser tratados como personas,
como seres humanos que buscan
comprender sin temor su propia naturaleza.

Hoy es la etiqueta y
la represión del sentir,
de la sensualidad,
de la efusión.
Mañana será la libertad
de ser uno mismo,
de amar sin tapujos.
