La primera vez que Rainer Sánchez sufrió desplazamientos temporales se encontraba lavando un pantalón rojo que le había tejido su madre, a pesar de que el color le recordaba a la revolución y en esos tiempos el comunismo desarrollaba pesadillas a contado; el color rojo representaba el triunfo de la izquierda, y aun así la abnegada madre tejió el pantalón porque era el sueño de su pequeño y se lo dejó en la cama tendido junto con unos viejos interiores que Rainer había señalado como sus calzoncillos de la suerte.
La mañana que lavaba lo hacía con otros calzoncillos que sí estaban rotos porque ahora vivía solo, entonces un destello de luz acompañado de un bostezo dio paso a un parpadeo que le mareó un poco y Rainer pensó en esa botella de anís que llevaron los tipos de la construcción al taller, y en cuanto la deseaba para poder despertar, pero al abrir los ojos tenía los pies llenos de arena y el pantalón nadaba sobre un lago lleno de algas. Rainer se sonó la nariz sacó los pantalones del agua y se rascó la cabeza sentado en la arena.
Un sonido estrepitoso le llamó la atención y el olor a monóxido lo llevó a caminar hasta el lugar de donde provenía. Hacía mucho calor así que llevó los pantalones en la mano y fue por la arena caminando en calzoncillos.
Era una pequeña planta de energía eléctrica para la que venía trabajando desde hace 4 años. Planta que perteneció a su padre, pero durante el comunismo estuvo detenida un breve lapso, alrededor de dos décadas. Ahora era él quien llevaba las riendas.
Recordó el lugar porque de pequeño su padre lo llevó varias veces y casi fue la razón para dedicarse a la ingeniería. Sin embargo, dejó la carrera al primer semestre porque se enamoró de una europea que bailaba flamenco, vivió junto a ella en Budapest y ésta lo dejó reprochándole poca empatía con el arte y la astrología. Así que estuvo internado por adicción a barbitúricos que le recetó el psiquiatra para evitar sus constantes amenazas de suicidio durante las consultas. Después de un par de meses salió y el psiquiatra le anunció que ya no podía seguir tratándolo. Le recomendó que buscara un perro o un gato de compañero. Oh sí.
Rainer Sánchez contaba que el suicidio solo lo había suspendido hasta que todo volviera a la normalidad.
Cuando subió la rampa del edificio que presidía, varias personas le saludaron y otras prefirieron voltear para no lidiar con la desnudez de su cuerpo. De pronto una chica le haló del brazo y lo llevó a un patio donde había un cartel con el letrero Área para fumadores. Una vez allí la chica le zarandeó los cachetes y le ofreció un cigarrillo. Rainer solo parpadeó, la chica se lo puso en la boca y se lo prendió. Rainer no se inmutó, lo mantuvo ahí colgando aspirando el humo como quien aspira el aire.
¬¬-Despierta, ¿qué pasa?- le preguntó la chica- Te hemos estado buscando porque la reunión la adelantaron.
-Si
-¿Ah? Oye has estado bebiendo, ¿por qué anís? Tómate esto – la chica sacó un caramelo de su bolsillo y aprovechó de soplarle la cara-. ¿Dónde está tu camisa? Se te ve el trasero, dame acá esos pantalones. –Lo miró fijo unos breves segundos a esas pupilas clavadas en la punta del cigarrillo-. No, olvídalo, vete a mi carro, ahí puede haber ropa tuya, duerme un poco y yo me encargo por aquí. Tu hermano ha llamado varias veces para pedir dinero nuevamente, no sé ya qué decirle. Mencionó algo de un injerto de pelos.
Rainer caminó subiéndose los calzoncillos rotos mientras la chica empujaba a varios socios puertas adentro para que no presenciaran el espectáculo. Algunos reían. En el ascensor les explicó que Rainer tenía la costumbre de probar la lealtad de sus trabajadores intentando ponerse en ridículo y pillar a quiénes se burlaran o pretendieran juzgarle. Todos dejaron de reír.
Ya en el carro, Rainer cerró los ojos después de beber un té que estaba sobre el asiento de copiloto, plácidamente colocó el pantalón rojo como almohada y se quedó rendido sin darle muchas vueltas al asunto.
De vuelta al lavandero y con los pantalones rojos colgados al cuello, Rainer abrió los ojos por el olor a café quemado en la cocina. Apagó la greca e igualmente se sirvió una taza, abrió la nevera para suavizarlo con algo de leche y solo encontró un pedazo de tomate, que se había comenzado a comer algún día y ahora yacía solo en el cajón para los huevos.
Sonó el timbre. Rainer se rascó la barriga y le vinieron arcadas, se contuvo y fue caminando hacia la puerta, por toda la sala y el comedor había cajas de cartón apiladas. Cajas grandes, chicas, cajas rotas, cajas volteadas, papeles saliendo de ellas y una caja ya llegando a la puerta con cientos de billetes.
Sonó el timbre una vez más, en esta oportunidad con énfasis y agresivo.
Rainer fue a girar la perilla, pero antes lanzó un ojo al dinero, hizo una breve pausa y decidió tirar el otro ojo a la mirilla de la puerta. Se apoyó y sacudieron violentamente, Rainer sintió el golpe en la frente, pero la puerta no se abrió porque tenía la cadena de seguridad. Retrocedió y chocó con una de las cajas. Intentó asomarse por la rendija y pilló una mano entrar, una mano peluda, muy peluda. Atrás de Rainer un gato maulló, un gato blanco con manchas rojas.
-Agarra la caja
-¡¿Ah?!
-Si sí, un gato que habla bla bla. Soy una vergüenza para mi familia por nacer con unas manchas rojas y tú te vienes a fijar en que soy un gato que habla. Agarra la caja, no tenemos mucho tiempo- repitió el gato-.
Rainer se levantó, fue a la puerta, tomó la caja con el dinero y corrió siguiendo al gato hacia la cocina, luego doblaron hacia el lavandero.
-Abre el chorro- dijo el gato.
-No entiendo.
-Nunca lo haces y no es tiempo de aprender. Ábrelo.
Se escuchó otro ruido. Habían tumbado la puerta, se avecinaba la mano peluda. Se escuchaban retumbando los pasos. Venían a toda velocidad, podrían tener titanio en los talones. Alguien con una mano así debe tener mucha prisa siempre para poder ventilarla.
-Abre el puto Chorro-gritó el gato abalanzándose sobre el hombro de Rainer donde yacía el pantalón rojo.
Rainer abrió, el gató le empujó las manos hacia el agua y segundos antes de que la mano peluda tocara la caja, el gato y Rainer cerraron los ojos tan fuerte como el chorro que ahora salía de una manguera a propulsión y les mojaba la cara a través de la ventanilla del copiloto en un auto lavado. Oh sí. Estaban a salvo.
Empapados pero a salvo. Ahora Rainer subió las ventanillas del auto y puso la caja en el asiento de atrás. El gato se sacudió en el copiloto y fue tras la caja carraspeando.
-Ya ponte ese pantalón y no te lo quites más- le dijo el gato sacando con las uñas varias pilas de billetes en la caja
-¿Qué haces?
-Me preocupo por mantener la cordura. Y avanza.
Una vez con todo el dinero fuera de la caja, el gato sacó una sardina y se echó a comérsela sobre los billetes.
Rainer eructó y avanzó. Todavía olía a anís.