En las montañas muy arriba había un castillo rodeado de azucenas, la más hermosa de ellas era la princesa que allí vivía, inalcanzable para todo caballero que la quería cortejar.
Por un lado no se atrevían pues se sentía un terrible vértigo al escalar la enorme montaña y por otro lado porque era la sucesora de la reina y por ello necesitaba un buen caballero, pero este sería elegido por sus padres, condición que llevó a la pobre muchacha a truncar sus sueños de conseguir el amor verdadero.
Pero un día el amor se convirtió en un fisgón caballero; un enviado de Dios.
El muchacho se atrevió a llegar hasta la cima de la montaña en busca de aquella florecita que encerrada se encontraba.
La preciosa princesa al sentir cierto ruido inusual le dio por asomarse y en un instante sus miradas se cruzaron y sus corazones unidos quedaron para siempre llenando de paz su alma.