Este va por la casa— dice la señora que sirve el café y me mira con ojos amables. Su mano intenta tocar mi mano pero me rehuso al contacto físico. Hay ciertas cosas que no puedo tolerar. Aún después de tanto tiempo.
Pienso que las mejores cosas comienzan con un café. Pienso que las peores cosas terminan con un café. Pienso en la madre de Eduardo Galeano.
En su pobre madre que no tiene culpa. Que no sabe que las frases de su hijo, años después de muerto, pueden golpear el corazón de un hombre con la misma intensidad que un cuchillo manejado por todo el odio del mundo. O todo el amor del mundo.
A veces es indistinguible uno del otro. Espero una guagua que me llevará a una ciudad que no he visitado nunca. Una ciudad donde me espera algo importante. Pero ahora mismo solo puedo pensar en Eduardo Galeano. En tener una mujer atravesada en la garganta. En el café que va por la casa y nada tiene que ver con aquel primer café ¿Fue un moca? ¿Un capuchino? No recuerdo exactamente. Uno de esos cafés pijos.
Pero, aquella que permanece pidió uno de esos cafés. Uno que no puedo recordar aunque las frases de Galeano me llenen los ojos de puñaladas. La guagua se retrasa y la mano de la señora me recuerda otra mano. Una que preguntaba por mis tatuajes mientras se tomaba un café. Un moca o un capuchino. No puedo recordar. Pienso que, leer a Galeano no es una buena idea cuando se espera un transporte que te llevará a una ciudad que no has visitado. Pienso que horas después miraré el paisaje y recordaré a mi amigo Raúl Leyva Pupo y el regalo de su frase: hay niebla en el parque. Y que tal vez comience a escribir un poema con esa frase.
Uno que hable de viajes y pérdidas. De la imposibilidad de huir de ciertas cosas. Seguro llegaré a la ciudad que no he visitado nunca. Después de mirar el paisaje. Después de pasar por el lugar donde murió mi madre y volveré a pensar en la imposibilidad de huir de ciertas cosas. Llegaré a una ciudad que no he visitado nunca con una mujer atravesada en la garganta y pensaré en Galeano. En la madre de Galeano. En el poema que escribiré seguro. En la mujer que permanece. Esa que pidió un moca o un capuchino. Seguiré pensando en la imposibilidad de huir de ciertas cosas. Y en lo mal que se me da huir de ciertas cosas.