La comunidad de han organizado este genial Concurso de Halloween con el propósito de que contemos historias, anécdotas de ese día tan celebrado en muchas partes del mundo, ocasión que se aprovecha para disfrutar las fiestas de los espantos y del terror.
Aquí les dejo, mi participación. Espero que la disfruten tanto como yo al escribirla.
Vestida de bruja sexy
Estuve durante muchas semanas preparándome para la fiesta de Halloween que daría mi amiga Marissa, en su casa de playa, del 31 de octubre del año pasado. Compré en una tienda de bagatelas un disfraz de bruja barato porque me parecía innecesario gastar mucho dinero en algo que no volvería a usar. Luego lo modificaría en casa.
Llegué satisfecha con mi disfraz de bruja, pero me lo volví a probar, por si acaso. Vi que me quedaba ligeramente ancho de cintura. Le cosí unos centímetros a los lados para que me quedara más ajustado y se me notaran mejor mis curvas. Le sobrepuse capas de telas para darle más volumen. Busqué entre mis cosas complementos que me hicieran lucir como una bruja sexy y terrorífica al mismo tiempo. Encontré un labial negro entre el maquillaje de mi hija; adorné una escoba de paja con telarañas artificiales y al sombrero puntiagudo que vino con el disfraz le cambié el lazo: le hice uno más grande, más vistoso y le puse una cinta roja con una araña de grandes ojos también rojos que estaba entre los juguetes de mi hijo.
Poco a poco fui conformando mi indumentaria para la gran fiesta, hasta busqué uno de mis mejores bikinis porque estaba segura de que todos nos bañaríamos en el mar en alguna hora de la fiesta; así que eso no iba a faltar en mi mochila de ese día.
Por solicitud de Marissa, el día antes de la fiesta hice varios bocadillos para el compartir ya que a eso me dedico, pues tengo una empresa de catering. Dos de mis empleados (que también irían a la fiesta) me ayudaron a preparar, además de diferentes postres, minicroissant, tartaletas de camarones, de mejillones o calamares, magdalenas, minipizzas, minihallacas, cremas de calabaza, de berenjenas, de garbanzos y de diversos mariscos, entre muchos otros, ya que sería un fiestón. Todos estos pasapalos, lógicamente, tenían formas y colores adecuados al tema de Halloween; por ejemplo, las tartaletas eran de color negro que logré dárselo con tintura de pulpo, las panecillos tenían forma de gusanos, escorpiones, arañas, calaveras, huesos. No había nada que no pareciera deliciosamente terrorífico.
Fuente calabacitas Fuente torta
Por fin llegó el día de la fiesta y desde temprano nos instalamos en la casa de Marissa. Ese día el mar estaba tan espectacular que no nos aguantamos y nos dimos un buen chapuzón. Estuvimos todo el día en trajes de baño, adornando la casa y dejando todo listo para la noche cuando llegaran los otros invitados. Los últimos detalles de la comida, por supuesto, se terminaron de hacer allí mismo. Estuvimos probando todo para asegurarnos de que habían quedado deliciosos.
A mí se me hizo corto el tiempo y como estaba acalorada por el sopor de la tarde y de la cocina me fui a dar otro bañito en la playa. Regresé a ducharme para luego vestirme. Coloqué mi bikini sobre la manija de la ducha para que allí se secara.
Primero me maquillé al estilo correspondiente de una bruja sexy. A la hora de ponerme las pantaletas me volví como loca porque no las encontré por ninguna parte. Finalmente, concluí que se me habían olvidado pues no estaban en mi mochila. No me podía poner la del bikini porque estaba mojada, así que decidí quedarme sin ellas. Total, así el vestido se me vería mejor ya que no se verían los cortes que hacen en la piel. Noté que el vestido me quedaba un poco más ajustado, seguramente porque comí mucho durante la semana y mucho más ese día. También recordé que me lo había vuelto a probar desde que lo arregle y lo lavé.
La fiesta estaba estupenda, todos nos divertíamos. Estaba un poco incómoda con lo apretado del vestido pero no le di importancia, por eso no bailé con nadie ni siquiera cuando sonó mi música preferida. Llegado el momento de escoger el mejor disfraz de la noche, todos debíamos desfilar por la pasarela improvisada que se colocó en el jardín. Yo era la concursante número 13. Cuando recibí, por sorteo, ese número dije en voz alta que qué bueno que me había tocado porque sería la ganadora del magnífico premio: una noche de hospedaje en el Marina Bay de la ciudad, con sesión de masajes y cena incluida.
El desfile comenzó y cuando me tocó mi turno caminé por la pasarela, escoba en mano. Me incliné ligeramente, de espaldas al jurado, para hacer una reverencia al grandioso público que gritaba mi nombre. ¡Y zas! Mi vestido negro, de bruja sexy, BARATO, se rajó en dos por la parte de atrás, desde el cuello hasta debajo de la espalda. Y quedé con mi culo expuesto frente a los jueces. No tienen idea de lo que en ese momento sentí. Primero estaba realmente avergonzada, pero luego –después de tanto escuchar reír a mis amigos y a los otros invitados– solté la carcajada y seguí desfilando, como toda una modelo, pero muerta de la risa, tratando de aguantar las dos partes del vestido con una mano en la espalda y con la otra en la cintura al mismo tiempo que sostenía la escoba, porque antes que nada, me dije, seguiría siendo una bruja sexy.
Aunque todos se rieron de mí y hasta creo que me dieron el premio para consolarme, mucho más gustó que uno de los jueces me dijera que tengo un bonito trasero.