Atendiendo a la convocatoria –solidaria y pertinente– del concurso ideado y promovido por
Hive account@talentclub en torno al COVID-19, escribí este ejercicio al modo microficción o relato breve en clave realista, desde la situación venezolana, que presento a su gentil consideración. Saludos.

Fuente
Caminar las calles tras las huellas del alimento –el pan nuestro de cada día, decía la oración. No podía evitar salir y tropezarse con la gente, subir a un autobús, cuando el poco dinero efectivo en el bolsillo lo permitía, y apretujado hacer el viacrucis diario de buscar la subsistencia. Era un riesgo, lo sabía. Estaba expuesto a contraer el virus que estaba acosando ahora con más saña, como si fuese un verdugo consciente del daño capaz de producir en la víctima. Varios vecinos habían enfermado, e incluso no superado su letalidad. Salía a vender los mangos que "tomaba" de matas de algunos patios, de parques o urbanizaciones, o algunos helados caseros ("tetas", le llamaban, pues había que chuparlas) hechos de lo que se pudiera. No había podido comprar un tapaboca confeccionado; usaba una vieja tela que su mujer había conseguido y medio cocido para usarla con ese fin. Todo se había vuelto tan duro y difícil; la vida era casi una enfermedad, ahora redoblada por este virus. Pero no podía flaquear, aunque quisiera de vez en cuando abandonar. Cada tarde debía regresar con algo de dinero para comprar lo poco que permitiera a su familia sobrevivir. Eso era: un sobreviviente, como esos que a veces había visto en películas o en fotos de los periódicos; nunca pensó que llegaría a esto. De vuelta, cansado del áspero día, volvió sus ojos al cielo nublado, y pensó en aquella otra frase: Líbranos de todo mal. ¿Cuál de tantos? El mal había irrumpido hacía mucho.

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