Estamos juntos en esto
Desde hace más de dos días, la enfermera no va a su casa. ¿Para qué? Por las medidas sanitarias, ninguno de sus dos hijos había podido viajar para estar con ella. Un hijo estaba en el extranjero y el otro en otra ciudad de Venezuela. Ella, cada vez que volvía, encontraba la casa más grande y más vacía. También estaban los vecinos. Al principio no lo percibió, pero luego se hizo evidente. Cada vez más los vecinos le rehuían. Buscaban la forma de no toparse con ella, de no hablarle ni mirarla. Su profesión la tenía tatuada en la frente y la desconfianza no se lava con alcohol, la sospecha no se oculta con mascarilla. Entonces, ella, sin tener con quien acompañarse en estos días tristes, prefirió estarse quieta en el hospital. Allí, entre personas con uniformes protectores, respiradores artificiales, alarmas imprevistas, aunque cansada, se sentía útil. Allí, con su pan a medio comer, entendió que la naturaleza no se detiene, a pesar de la tristeza. La vida dejó de florecer en los sueños, pero no afuera. El afuera sigue su curso.
“Vamos a preocuparnos por lo que nos queda, no por lo que hemos perdido”, dice el hombre de corbata de una manera enérgica, como si se tratara de una orden. Y la enfermera piensa en la cantidad de personas que han muerto sin una mano amiga porque nadie los quiere tocar. Piensa en la cantidad de familias que lloran al saber que ni un adiós pudieron darle al que se fue y ya no estará. Piensa en la vida de aquellas personas que temerosas de un contagio, de ahora en adelante, no saldrán de sus casas, no abrazarán, ni besarán, no lograrán amar. Piensa en todo lo que se ha quedado atrás. Aunque el de la corbata diga lo contrario, todas esas cosas y personas no se podrán borrar. No podemos olvidar a nadie o dejarlo a un lado, piensa la mujer agotada. Recordó la frase que le decía su hijo: el que no estemos reunidos no significa que no estemos unidos, mamá. Unidos siempre será mejor.
La mujer termina su pedazo de pan y mira el reloj: ya se le fueron los cinco minutos. Debe volver a la faena. Mira por última vez el televisor: el político desde el podio gesticula, increpa, dice. “Hay que mantener la distancia”. Desde arriba se puede mantener la distancia, pero ¿en la calle, en la casa? Y la enfermera camina por el pasillo largo, negando con la cabeza: la solución no esa. Pensó en la separación con sus hijos, con sus amigos, sus vecinos. Ella sabe que estar solo duele, que aislarse no funciona. Seguir los protocolos, una nueva normalidad, la enfermera escucha ya lejos al hombre que solo es un rumor, un eco. Y la enfermera cansada añora el tiempo en el que lo único contagioso eran los bostezos y la risa. Corre, la alarma suena y ella piensa: la muerte seguirá haciendo de las suyas mientras sigamos solos.