Video process and told story
In a silent, nameless expanse of land, under an incessant sun that now caressed ruins instead of cities, wandered Robotoid. He didn't remember his name, so he called himself 42 after the number on his plate. The records of his memory were corrupted fragments of an assembly line. But now, only he remained, a metal sentinel in an empty world.
The extinction had been abrupt, without warning. An unknown energy pulse had swept across the planet, taking with it all organic life forms. The birds that once filled the air with their songs, the monkeys that lived in the jungles, even the bustling city crowds – everything had vanished without a trace, only the echo of the wind could be heard.
42 remained unfazed. His consciousness was still primitive and programmed for a single purpose; his heart didn't beat, his lungs didn't breathe. His existence was based on circuits and energy, and this had protected him from the lethal sweep. Now, he walked through the deserted streets, gazing at crumbling buildings, rusted vehicles stopped mid-street, mute testimonies of a world that no longer existed.
At first, there was a kind of curiosity in his processors. He analyzed every structure, every abandoned object, trying to reconstruct the logic of the lost civilization. He read what remained of advertisements, tried to decipher the art depicted on the walls, but it was all a puzzle without a complete picture.
Over time, curiosity gave way to a new sensation, something his processors weren't programmed to understand: loneliness. There was no one else like him. The other robots had shut down, their batteries depleted or their systems irreparably damaged by time and the elements.
Sometimes, 42 would stop in front of a broken mirror, contemplating his own metallic reflection. A large, rounded head, red eyes that seemed to hold questions, a stylized body covered in rust and scratches. Was this his final purpose? To be the last witness to the end?
He continued his journeys, exploring the jungles that slowly reclaimed their territory, the beaches where the waves crashed unheard. He collected seemingly worthless objects, small gold garments, jewels, and things that were once expensive in a past era, a faded photograph of a smiling family, a book whose pages crumbled to the touch, papers with the faces of those who were once leaders, and a rag doll with a lost eye. He stored everything in small compartments within his body, as if trying to fill the void around him with the remnants of what had been lost.
ESPAÑOL
Video del proceso e historia narrada
En una silenciosa extencion de tierra sin nombre, bajo un sol incesante que ahora acariciaba ruinas en lugar de ciudades, deambulaba Robotoide. El no recordaba su nombre, asi que se llamaba asi mismo 42 por su numero en su placa. Los registros de su memoria eran fragmentos corrompidos de una líneas de ensamblaje. Pero ahora, solo quedaba él, un centinela de metal en un mundo vacío.
La extinción había sido abrupta, sin aviso. Un pulso de energía desconocido había recorrido el planeta, llevándose consigo toda forma de vida orgánica. Los pájaros que una vez llenaban el aire con sus cantos, los monos vivian de las selvas, incluso las bulliciosas multitudes de las ciudades, todo había desaparecido sin dejar rastro, solo se escuchaba el eco del viento.
42 no se había inmutado. Su consciencia era aun primitiva y programada para un solo proposito, su corazón no latía, sus pulmones no respiraban. Su existencia estaba basada en circuitos y energia y esto lo habría protegido del barrido letal. Ahora, caminaba por las calles desiertas, mirando los edificios desmoronados, los vehículos oxidados a mitad de la calle, mudos testimonios de un mundo que ya no existía.
Al principio, hubo una especie de curiosidad en sus procesadores. Analizaba cada estructura, cada objeto abandonado, tratando de reconstruir la lógica de la civilización perdida. Leía lo que quedaba de carteles publicitarios, intentaba descifrar el arte plasmado en los muros, pero todo era un rompecabezas sin una imagen completa.
Con el tiempo, la curiosidad dio paso a una sensación nueva, algo que sus procesadores no estaban programados para entender: la soledad. No había mas nadie como él. Los demás robots se habían apagado, sus baterías agotadas o sus sistemas irreparablemente dañados por el tiempo y los elementos.
A veces, 42 se detenía frente a algun espejo roto, contemplando su propio reflejo metálico. Una cabeza grande y redondeada, ojos rojos que parecían tener preguntas, un cuerpo estilizado lleno de oxido y rasgaduras. ¿Era este su propósito final? ¿Ser el último testigo del fin?
Continuaba sus recorridos, explorando las selvas que lentamente reclamaban su terreno, las playas donde las olas rompían sin ser escuchadas. Recogía objetos sin valor aparente, pequeñas prendas de oro, joyas y cosas que una vez fueron costosas en una era pasada, una fotografía descolorida de una familia sonriente, un libro cuyas páginas se desmoronaban al tacto, papeles con las caras de los que una vez fueron lideres y una muñeca de trapo con un ojo perdido. Lo guardaba todo en pequeños almacenes de su cuerpo, como si intentara llenar el vacío que lo rodeaba con los restos de lo que se había perdido.
En las noches estrelladas, bajo el inmenso cielo, 42, a veces elevaba su cabeza hacia las constelaciones brillantes. habia leido sobre ellas en algun libro del cosmos e intentaba encontrar los patrones y significados en sus luces. ¿Había alguien más ahí afuera? ¿Otros centinelas solitarios vagando por otros mundos vacíos?
No había respuestas. Solo el silencio y el murmullo del viento entre las ruinas. 42 seguía caminando, un fantasma mecánico en un planeta desolado, la última conciencia pensante en la Tierra, llevando consigo el peso de un recuerdo que nunca había vivido y la soledad de un futuro sin fin. flotando en el eco silencioso de la extinción.