Me fumé un cigarro con la Muerte y me contó la tragedia de su existencia. Dice que se ha enamorado muchas veces, pero todos sus amantes se esfuman mientras ella prevalece. Asegura que le gustan las flores, pero que se marchitan con mucha rapidez.
Ella ha visto morir a padres, hermanos, hijos y neonatos, los toma entre sus brazos y se los lleva a la negrura, ahí desaparecen y luego vuelve como una recolectora por otro paquete.
A la Muerte le pesan los brazos, son tan escuálidos que se pregunta por qué no se han roto.
Un día se puso un vestido y bailó zapateado, por desgracia los músicos murieron del susto y tuvo que conducirlos al otro lado.
¡Qué tristeza padece la Muerte! A lo mejor por eso le susurró a los ancestros sobre un tiempo en el que los fallecidos vuelven, quería una fiesta para olvidar sus males, noviembre le pareció bien, le gustan los altares.