UN DÍA EXTRAORDINARIO
El olor a humo se impregna en el aire en aquel caserío como cualquier otro en el país. Antes las fogatas eran improvisadas los fines de semana para preparar un hervido o sopa en fogón. Las personas se acostumbran a la nueva vida. Algunos siempre buscando la culpa en quienes gobiernan, otros a quienes pretenden gobernar (como si no formaran parte de eso), otros culpan a todo el mundo sin que eso no sea motivo para bregar todos los días. Preferencias que se asoman en cualquier conversación vecinal donde salga el tema.
Por fin, en las tuberías parecen soplar aire. El agua tiene semanas que no llega y gracias a dios ha llovido. Los muchachos en la calle empiezan a gritar:
-Esta llegando el agua vecinos. -gritan los niños por todo el lugar.
Casi inmediatamente uno que otro se prepara para llenar todo envase de almacenamiento que tenga. La rapidez del asunto corta cualquier reunión. El agua no se sabe cuánto tiempo durará. La última vez, apenas duró 6 horas.
Pero hasta en las peores circunstancias como la falta del agua, nunca falta el vivo(o los vivos) que se aprovechan por poseer mejores recursos que los demás. La primeras 7 casas comienzan a conectar sus bombas eléctricas para obligar al agua a que suba hasta donde no puede. Las últimas casas de la hilera dejan de percibir el agua. Reclamar es en vano. Es la lucha del más apto. Les toca a las mujeres y uno que otro hombre buscar hasta donde llega el agua y hacer la improvisada cola para llenar los tobitos. Sin el menor aire de remordimiento o compasión de aquellos que no tienen que esforzarse para que el agua llegue hasta su ducha.
-¡Llegaron las bombonas!¡llegaron las bombonas! – interrumpen los muchachos nuevamente el silencio de las calles.
Tenían casi un mes que se habían cancelado las bombonas y dos días que se habían llevado los cilindros contenedores para ser recargados. Los cilindros parecía una comparsa en carnaval de los colores y marcas para su reconocimiento. Aun así, luego de entregadas nunca deja de pasar algo.
-Me cambiaron la bombona – dice la Sra Petra. ¿Para que uno las marca si igual no traen las mismas?
-Por lo menos hoy cocinamos en la cocina vecina – responde la Sra Carmen.
Ya casi es medio día, los olores de humo dan paso a los olores propios de que es la hora del almuerzo.
-¡El aseo, el aseo! -se escucha nuevamente por las calles. El camión del aseo llega sin ser esperado.
Los caleteros pasan casa por casa avisando de su llegada a pesar que en la entrada del vecindario, un basurero improvisado adorna el lugar. Y menos mal que lo hacen. Regresan al camión los tres ayudantes cargando bolsas en ambas manos y con varios viajes a cuesta.
La alegría se escucha en el tramo final de las casas.
-¡Se fue la luz!. -gritan los niños inmediatamente.
El agua ahora llega con fuerza en las casas de aquellos que tienen horas cargando agua. Ahora son otros los que deben cargarla. ¿Justicia divina o equilibrio?
El camión del aseo sale del lugar. Un día extraño como otros. Cuando la luz regresa, los menos favorecidos tienen sus tanques llenos, pero el agua se marchó también como el camión. ¿Quien sabe cuando vuelvan?
Aunque no lo parezca, siempre pendientes de cualquier novedad, los niños ahora juegan en la entrada del vecindario, entrada que a pesar de que vino el aseo, ya está nuevamente adornada con bolsas plásticas y toda basura que se puedan imaginar.
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