Saludos, agradezco a la invitación para participar en "Eso que habita en el reloj / Soloescribe concurso #27"
Antes de presentarles mi cuento, quisiera invitar a @Marabuzal a participar con su maravillosa narrativa.
La Misión
Todo alrededor era áspero, dolía hasta en los ojos tanta cresta cortante, tanto pico afilado por el viento.
Juan de Dios Salvador se permitió un momento de descanso, tal vez de reflexión, quizás solo procastinaba ante la inevitable tarea.
Sentado sobre unas rocas, la espalda hacia el camino que acababa de vencer, la mirada extendiéndose al frente, hacia la cima, la verdadera prueba.
Las muchas advertencias volvieron de pronto hasta él. Se puso en pie y, como siguiendo un movimiento empezado desde un tiempo anterior a este, avanzó sobre el sendero apenas perceptible, montaña arriba. Era vital llegar cuanto antes.
El camino en realidad no estaba resultando tan pesado como imaginó, le daba la oportunidad de admirar el paisaje que, no por agreste, dejaba de tener encantos. Agrupaciones imposibles de rocas, líquenes de formas caprichosas, estratos de colores en las paredes a su alrededor. No podía dejar de fotografiarlo todo, se detenía aquí y allá... ¡se detenía!
No podía permitirse algo así, subir, subir, esa era la premisa. La belleza del paisaje, las fotos para el recuerdo, nada de eso era importante, ya se ocuparía al bajar.
Se estremeció, un sonido lastimoso había llegado hasta él, un sonido vivo, diferente al del viento entre las piedras, un llamado de auxilio.
Desvió un poco su paso hacia la derecha, siguiendo la acústica. Casi cae por el precipicio. Espantado de lo que pudo suceder apenas reunió valor para mirar hacia abajo, donde escuchaba, persistente, el llamado.
Era una carnero de montaña, se mantenía como por milagro sobre un minúsculo saliente un poco más abajo de su nivel. Tal vez resbaló hasta allí en un descuido. Aunque esos animales son muy hábiles escaladores este parecía atenazado por el miedo. No iba a bajar, ni a subir por sí solo. ¡Qué remedio!
Juan de Dios amarró una soga en el punto de roca que le pareció más fuerte, se descolgó hacia el abismo y llegó hasta el animal en apuros. Fue recibido con cornadas. Varias veces corrió peligro de ser herido o de perder el lazo salvador, pero finalmente redujo al asustado carnero y, a pesar de su resistencia al rescate, logró escalar de vuelta y poner pie en tierra firme.
Cuando soltó los nudos de su cintura buscó alrededor con la vista, el carnero ya no estaba, caía la tarde, y él apenas había recorrido un tercio de la distancia necesaria.
Tenían razón, la Montaña guardaba más trucos que un mago de feria. Qué arte se estaba dando para retrasar su escalada, su arribo a la Caverna. Sonrió. Iba a llegar hasta ella, con trampas o sin trampas. No tenía permitido fallar. Con un movimiento de hombros que, más que acomodar la mochila, afirmó su voluntad, reanudó el ascenso.
Aunque anochecía y el camino de polvo blanco ya no se distinguía tan bien, aún era posible avanzar si tenía suficiente cuidado.
Andar despacio era mejor que detenerse. Además, igual podía seguir las señales de esas piedras brillantes. Las venía observando desde hacía un rato; se mantenían fieles al sendero y eran más fáciles de distinguir en la penumbra.
Tropezó con una pared, el golpe aunque leve despejó su mente adormecida por el cansancio y la hora. No podía ser que el camino llevara a este rincón sin salida y estaba seguro de haber caminado en pos de él. Bueno, en realidad había seguido las piedras brillantes, pero ellas discurrían al lado, en todo momento.
Buscó alrededor ansioso, las luces estaban allí, pero el sendero blanco no, hacía mucho que ya no eran una misma cosa. ¿Cómo era posible que no se hubiera percatado? La Caverna del tiempo, sin dudas, se estaba defendiendo de su proximidad, pero él se aferraría a su propósito con uñas y dientes si era necesario.
Casi furioso volvió sobre sus pasos, cuando consiguió poner otra vez sus pies sobre el camino lo hizo con aires de conquistador. Apretó los puños. Siguió subiendo. Había algo demasiado importante que necesitaba reparar, por él, por todos los que anhelaban el cumplimiento de la promesa.
Sintió un suave aroma frutal, siguió caminando. Escuchó rumor de cascadas, escaló diez metros más. Vislumbró un atajo en la oscuridad, mantuvo la dirección de sus pasos. Casi podía saborear el alimento, el frescor del agua, el final del camino, pero había aprendido la lección y siguió subiendo.
Clareaba, todavía demoraría el sol en vencer la altura de la montaña, pero su bondad ya se extendía alrededor, se filtraba entre grietas y picos poniendo artísticos claroscuros en el paisaje.
Juan de Dios se detuvo, ante su vista, al final del recodo que acababa de tomar, eso que veía no podía ser otra cosa que la Caverna, taller de las horas y los siglos, de los plazos, las esperas, urdidora del cumplimiento de los tiempos. Jamás había sido tan consciente del latir de su propio corazón.
Mientras se acercaba admiró la puerta colosal tallada en arcanas runas, definitivamente no era obra de hombres.
Miró al cielo por un momento y casi conteniendo la respiración entró. Salones enormes sostenidos por columnas y arcos con diseños de fantasía. Máquinas de fines inconcebibles, mesas llenas de instrumentos que no pudo reconocer, aquello parecía un laboratorio, un lugar de trabajo. Pero no había nadie allí ahora y, al parecer, era así desde mucho antes.
Un reloj de tamaño masivo ocupaba todo el fondo de la Caverna, podía ver claramente las divisiones de la esfera, o mejor dicho de las esferas porque el reloj estaba formado por una serie de círculos concéntricos animados independientemente y a la vez conectados todos entre sí mientras mudaban de figura o de lugar, pero no vio manecilla alguna.
Algo allí le resultó familiar así que se acercó más. Era su propia imagen, momentos del viaje que acababa de hacer. Detalló las viñetas, algunas cosas no tenían sentido.
Se vio en el pueblo, salía decidido, apoyado por decenas de rostros llenos de esperanza en su misión, la caverna era el cuadro siguiente, parecía tan fácil de alcanzar.
La esfera se movió. Entre el inicio de su viaje y la caverna apareció su propia imagen cámara en mano, más concentrado en reunir pruebas del viaje que en el viaje mismo.
Otra vuelta, su rescate de la criatura que se resistía a ser rescatada, también interpuso su viñeta.
El engaño de las luces apareció como de la nada, ya la imagen de la caverna parecía inalcanzable.
Entonces escuchó el chasquido, escalofriante, sobrenatural gritos susurrando en comisuras de engranajes
Nuevas imágenes. La fruta que no buscó, el agua que no persiguió, el atajo engañoso que decidió ignorar, la noche que no lo detuvo, sus puños apretados en el propósito renovado de alcanzar la meta, cada uno de ellos volvía a acercarlo a la entrada de la caverna, a este momento donde observaba, reflexionaba, comprendía.
Nadie iba a componer el tiempo porque no estaba roto. La promesa seguía intacta y la llegada de su cumplimiento solo dependía de ellos.
Juan de Dios Salvador rió. Todo lo pasado, todas las teorías, toda la espera y siempre dependió de ellos.
No sabía si sentir alivio o preocupación, pero no importaba. Su deber era llevar la verdad revelada a su gente, y confiar.
Miró al reloj, imágenes de la gloria prometida comenzaban a aparecer a lo lejos.
Este post fue redactado sin el uso de IA. La imagen fue creada en Luzia y los banners en Canva.
Greetings, I thank for the invitation to participate in "That which lives in the clock / Soloescribe contest #27"
Before presenting my story to you, I would like to invite @Marabuzal to participate with his wonderful narrative.
The Mission
They were right, the Mountain had more tricks than a carnival magician. What an art it was putting on to delay his climb, his arrival at the Cavern. He smiled. He was going to reach it, with traps or without traps. Failure was not an option. With a shrug that, more than adjusting his backpack, affirmed his will, he resumed the ascent.
Although night was falling and the white dust path was no longer so clearly visible, it was still possible to move forward if he was careful enough.
Walking slowly was better than stopping. Besides, he could still follow the signs of those shiny stones. He had been watching them for a while; they stayed true to the trail and were easier to distinguish in the twilight.
He stumbled against a wall, the blow, although slight, cleared his mind dulled by fatigue and the hour. The path couldn’t end in this dead end, and he was sure he had been walking towards it. Well, actually he had followed the shiny stones, but they ran alongside it all the time.
He looked around anxiously; the lights were there, but the white path was not—they had long since ceased to be one and the same. How could he have not noticed? The Cavern of Time was undoubtedly defending itself from his approach, but he would cling to his purpose with nails and teeth if necessary.
Almost furious, he retraced his steps; when he managed to put his feet back on the path, he did so with the air of a conqueror. He clenched his fists. He kept climbing. There was something too important that he needed to fix—for himself and for all those who longed for the promise’s fulfillment.
He felt a soft fruity scent and kept walking. He heard the murmur of waterfalls and climbed ten more meters. He glimpsed a shortcut in the darkness but maintained his direction. He could almost taste the food, feel the freshness of water, see the end of the path—but he had learned his lesson and continued climbing.
It was dawning; the sun would still take time to overcome the mountain’s height, but its kindness already spread around, filtering through cracks and peaks creating artistic chiaroscuro in the landscape.
Juan de Dios stopped; before his eyes, at the end of the bend he had just taken, what he saw could be nothing other than the Cavern—the workshop of hours and centuries, of deadlines and waits, weaver of time’s fulfillment. Never before had he been so aware of his own heartbeat.
As he approached, he admired the colossal door carved with arcane runes; it was definitely not man’s work.
He looked up at the sky for a moment and almost holding his breath entered. Huge halls supported by columns and arches with fantasy designs. Machines of inconceivable purposes, tables full of instruments he couldn’t recognize—this seemed like a laboratory, a workplace. But no one was there now; apparently it had been like that for a long time.
A massive clock occupied all the back of the Cavern; he could clearly see divisions on its face—or rather faces—because the clock consisted of a series of concentric circles independently animated yet all connected while shifting shape or place—but there was no hand in sight.
Something there seemed familiar so he approached closer. It was his own image—moments from the journey he had just made. He examined the panels; some things made no sense.
He saw himself in town leaving determined, supported by dozens of hopeful faces for his mission; next frame showed the cavern—it seemed so easy to reach.
The dial moved. Between the start of his journey and the cavern appeared his own image holding a camera—more focused on gathering evidence of the journey than on the journey itself.
Another turn showed his rescue of a creature resisting being rescued; that vignette also appeared.
The deception of lights appeared out of nowhere; now even the image of the cavern seemed unattainable.
Then he heard a snap—chilling, supernatural whispers screaming at gear corners
New images: The fruit he did not seek, water he did not pursue, deceptive shortcut he decided to ignore, night that did not stop him—his fists clenched renewed in purpose to reach the goal—all brought him closer again to the cavern’s entrance at this moment where he observed, reflected, understood.
No one was going to fix time because it wasn’t broken. The promise remained intact and fulfilling it depended only on them.
Juan de Dios Salvador laughed. All that had passed—all theories—all waiting—and it always depended on them.
He didn’t know whether to feel relief or concern—but it didn’t matter. His duty was to bring this revealed truth to his people—and trust.
He looked at the clock; images of promised glory began appearing in the distance.
**This post was written without the use of AI. The image was created in Luzia and the banners in Canva**.