Buenos días.
Tanto tiempo sin sentir esta extraña sensación. Silencio, silencio mental. Miro la pantalla y el teclado y cada palabra que escribo sale lentamente. Hoy no sé.
Ayer en la tarde me acerqué a una farmacia cercana y pregunté por Tintura de Benjuí, un preparado alcohólico de la resina vegetal de un árbol que tiene distintos usos, farmacia y perfumería.
El empleado del mostrador me miro con cara de total ignorancia y en ese momento, vi entrar al regente que paso directo a la oficina.
Le pedí al empleado que le llamara, para preguntarle y luego de esperar un poco se presentó y tras saludarme me dijo que en que me podía servir, a lo que respondí que si me podía decir donde encontrar lo que buscaba.
Su respuesta me dejo pensativo. ¿Para qué quieres eso? Nosotros hace tiempo que no hacemos preparados, ahora todo viene ya hecho, además es una perdida de tiempo, hacer una crema o una fórmula magistral, eso no deja ganancia y es muy complicado.
Para la mínima cantidad hay que imprimir una etiqueta y llevar una muestra a registrar, esperar por el permiso de sanidad.
Demasiado protocolo para una nimiedad.
Finalmente, me nombro tres farmacias donde puede que lo encuentre, pero otro cliente comento que una de ellas, ya no hace preparados de fórmulas magistrales, quedando solamente dos remotas posibilidades.
Aún estoy triste, no solo por no conseguir lo que busco. Más por ver reducida la profesión de Farmaceuta al nivel de simple burócrata que cumple unos determinados requisitos de la ley.
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Regulaciones, leyes, reglamentaciones que al parecer se dictaron en beneficio y protección del ciudadano. Han llegado a tales extremos que falta poco para tener que sacar un permiso, si en tu casa quieres hacer pan.
Un farmaceuta estudia durante 5 años en una universidad, aprende disciplinas científicas relacionadas con la química y la medicina, se le supone preparado para más que llevar el control de cuantas cajas de psicotrópicos entran y salen.
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Regulaciones que son palas de tierra para enterrar profesiones, ahogar iniciativas, como si no fuera suficiente con la extinción natural de ciertas artes, por caer en desuso frente a las nuevas tecnologías.
No tengo añoranza por un supuesto pasado bucólico, no. Me encanta la tecnología, pero no solo para mirar la pantalla del ordenador. Me gusta mirar, leer y aprender. Quisiera tener una de esas máquinas, impresoras 3D con las que se pueden hacer toda clase de piezas y construir una máquina única, sin importar que sea original o una copia de otra, pero a la que le di un toque particular, el color, un emblema, un adorno.
No importa que, algo salido de mis manos e ideas, en lugar de algo serial producido en masa por millones, posiblemente al otro lado del mundo, por gente que no conozco y a quien solo interesa colocar mercancía y recoger su justo beneficio.
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Por este tipo de ideas, es que me encanta hacer jabón. Lo pienso e imagino, busco los ingredientes y la forma de combinarlos, porque no siempre son compatibles, pero hay maneras de juntarlos y surge un jabón que aunque solo sea jabón es distinto de todos los demás.
Entre los cientos de clientes que tengo, hay dos que aprecio en particular. El primero uno que enseguida me dice lo que no le gusta y si advierte el menor detalle que le desagrada me lo reclama. Con eso aprendo y corrijo mis errores.
Otro muy especial, que solo me compra una vez al año y apenas 10 o 12 unidades, es una persona con una necesidad especial, padece una afección cutánea y me dice lo que necesita, que quiere que le ponga a su jabón y hasta me ha enviado un costoso y delicado aceite para que se lo incorpore a su pedido. La última vez, un aceite de almendras y argán.
Verdaderamente, es muy satisfactorio servir, ser parte de la solución de un problema.
No siempre se puede, pero se intenta y cuando se logra. Se celebra.
[Foto de mi archivo]
Jabón de glicerina más transparente que he logrado a la fecha.
Como en tratándose de jabones, no paro. Corto aquí y digo:
Hasta mañana.
Feliz día.