Caminaba sin esquivar las balas que el cielo le disparaba. Sus ojos derramaban un ámbar que la lluvia arrastraba hasta el desagüe. El estruendo de los autos no quebró su marcha. Gritó todo lo que le aprisionaba el pecho y le ahogaba los pensamientos. Cruzó la puerta oxidada y avanzó hasta el fondo del cementerio. Allí se sentó sobre una lápida fría, a esperar la luna. Para cobrar, al fin, su venganza.
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