"Caramba, ñero". La voz llegó desde el final del camino. Liborio detuvo sus pasos. El aire, espeso y dulzón, ahora olía a caña quemada. La piel se le erizó ante una presencia que los ojos no registraban. La luna bañaba el camino en un verdor pálido y mudo.
Hasta los grillos se habían apagado. Liborio apretó el puño. Avanzó hacia el lugar de donde surgió el llamado.
—Caramba, ñero… y se atrevió usted a venir.
Las palabras lo clavaron en el suelo. La promesa quebró su voluntad como un cristal. Allí, en la luz verde y el olor a pecado, comprendió que no había venido a encontrar, sino a ser encontrado.
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