
Los brazos de una madre son, probablemente, el primer lugar en el mundo donde nos sentimos realmente a salvo. No se trata solo de contacto físico; es un lenguaje que no necesita palabras y que evoluciona junto con nosotros.
Cuando llegamos al mundo, sus brazos fueron nuestra primera cuna: el lugar donde el miedo al ruido y a lo desconocido desaparecía. Allí aprendimos que el calor humano es el mejor remedio para el llanto.
A medida que íbamos creciendo, se convirtieron en el refugio tras una caída en el parque o en el escudo contra los "monstruos" debajo de la cama. Sus brazos tenían el poder mágico de sanar rodillas raspadas con solo apretarnos un poquito o darnos un beso.
Aún recuerdo esa etapa de la adolescencia donde la sociedad parecía no comprenderme y el mundo comenzó a ser más complicado. Esos brazos fueron el sitio donde podíamos ser nosotros mismos, sin filtros; el lugar para llorar las primeras decepciones o celebrar los grandes logros escolares.
Aunque ya hayamos crecido y nuestros propios brazos sean fuertes, volver a los de ella sigue siendo volver a casa. Es ese recordatorio de que, sin importar cuántas batallas hayamos librado afuera, siempre habrá un lugar donde podemos bajar la guardia.
Los brazos de las madres son elásticos: se estiran para alcanzarnos a la distancia y se ensanchan para sostener todo el peso de nuestras preocupaciones. No son solo extremidades; son el puerto seguro donde siempre se puede anclar.
Y tú, ¿qué es lo que más recuerdas de los abrazos de tu madre?