Liseth () se despertó con un sobresalto. Había olvidado poner el despertador y se había quedado dormida.
Miró el reloj y vio que eran las diez de la mañana. ¡Tenía que estar en el aeropuerto a las once! Saltó de la cama, se vistió a toda prisa y agarró su maleta. No tenía tiempo de desayunar, pero se llevó una bolsa de pan, algo de mortadela y queso. Todo lo colocó en una vianda por si le daba hambre después o para [un desayuno tardío].
Salió de su apartamento y se dirigió al ascensor. Al llegar a la planta baja, justo en la entrada del edificio, se encontró con una sorpresa: [un avestruz enojado] le bloqueaba la salida. El animal le miró con sus ojos saltones y abrió el pico, emitiendo un sonido que parecía nacer de lo más profundo de su garganta.
Liseth no sabía qué hacer. ¿Cómo había llegado ese bicho ahí? ¿Y cómo iba a salir sin que le atacara?
Recordó que había leído en alguna parte que los avestruces eran muy curiosos y que se distraían fácilmente con objetos brillantes.
Buscó en su maleta algo que pudiera servirle de cebo. Lo único que encontró fue [una carta escrita en alemán] que le había enviado su abuela hacía unos meses.
Liseth había reconocido la letra de su abuela, le pareció bonita, pero no entendía ni una palabra. La había guardado por cariño, pero nunca se había molestado en traducirla.
Decidió arriesgarse y lanzar la carta al avestruz. Con un movimiento rápido, se la tiró al suelo, cerca de sus patas. El avestruz se inclinó para examinarla y Liseth aprovechó para salir corriendo hacia la calle. Allí hizo señas para que un taxi se detuviera.
Mientras el taxi avanzaba por el tráfico, Liseth respiró aliviada. Había logrado escapar del avestruz, pero aún tenía que llegar a tiempo a su vuelo. Miró a través del vidrio de la puerta y vio que el cielo estaba nublado. Esperaba que no hubiera tormenta ni retrasos.
Llegó al aeropuerto a las diez y media. Corrió hacia el mostrador de la aerolínea y entregó su pasaporte y su boleto.
La empleada de la aerolínea () le miró con extrañeza y tecleó algo en el computador. Luego le devolvió los documentos y le dijo algo que Liseth no pudo oír por el ruido que provocaba la gente en el aeropuerto.
Liseth la vio con cara de pocos amigos y le pidió que repitiera lo que había dicho. La empleada de la aerolínea volvió a hablar, pero esta vez con un tono más alto y claro. Le participaba que el vuelo habia sido cancelado.
Liseth sintió un escalofrío. ¿Qué? ¿Cómo que cancelado? ¿Por qué?
La empleada de la aerolínea le explicó que se había presentado un problema técnico con el avión y que la tormenta había arreciado. Era imposible despegar.
Liseth se quedó sin palabras. Después de unos segundos, preguntó que si había otro vuelo disponible. La empleada de la aerolínea le dijo que no, que ese era el único vuelo del día a su destino.
Liseth se sintió impotente. Había planeado ese viaje durante meses, había ahorrado dinero, había hecho reservas, había comprado regalos, y todo para nada. Se sentó en una silla y se llevó las manos a la cabeza. No podía creer lo que le estaba pasando.
Entonces recordó la carta de su abuela. La carta que había usado para distraer al avestruz. La que había dejado tirada en la entrada de su edificio.
Se preguntó qué habría escrito su abuela en esa carta. Tal vez algo importante, algo que ella debía saber, algo que podía cambiar su vida. Se arrepintió de no haberla leído antes, de no haberla valorado más, de no haberla llevado consigo.
Se levantó de la silla y salió corriendo del aeropuerto. Tenía que recuperar esa carta, saber lo que decía. Pero era demasiado tarde. Cuando llegó al edificio, el avestruz ya no estaba. Y tampoco la carta. Liseth se quedó mirando el suelo vacío, con una sensación de tristeza.
Nunca supo que su abuela le había dejado una herencia millonaria en un banco de Suiza, y que solo tenía que presentar esa carta para reclamarla.
Nunca supo que el avestruz era una mascota de un vecino excéntrico, que se había escapado de su jaula y que había devorado la carta con apetito. Ese día había perdido la oportunidad de su vida.
No le quedó otra que comerse un desayuno tardío que traía en la vianda.
Jamás se enteró de que en la carta su abuela también le había dado el mejor consejo que podía darle:
"No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy".
Por supuesto que las protagonistas de mi historia son mis invitadas a participar.
Contenido original, escrito exclusivamente para Cuéntame una historia - 9 de julio de 2023.
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