Tal vez no te supe explicar
que me dolió tanto aquella despedida,
que las profundas heridas
llegaron hasta el centro de mi pecho,
que los pajaros huyeron entre lágrimas,
desconsoladas, tristes, melancólicas,
efímeras.
Mi alma hizo un vuelo rasante
por el mismo infierno,
no el de Dante,
el de la soledad mas bien,
ese que lastima a pesar
de un rostro alegre,
a pesar disimulo,
tormenta de llanto,
mezcla de gritos y agonía.
Una agreste e inmensa soledad,
la sequía de caricias
que significó tu partida
es una afrenta a la cordura,
una bofetada de un porvenir infausto
que me atacó repentinamente,
sin darme oportunidad de defender
mi causa.
El consuelo está lejos,
dejó solo el recuerdo de tus besos tibios,
que robaban el frío de los terribles inviernos,
y confortaban mi fe,
apenas una estela de tu aroma quedó en
el aposento donde construíamos
fantasiosos castillos
entre nubes vaporosas,
sublimes estrategias
con las que te apropiaste de mi vida.
Es así, que por algún tiempo
mi aliento tenía tu nombre,
mi motivación existía en tu espíritu,
y la fuerza de mis manos,
dependía de tus suspiros,
una extraña mezcla
de colores y sombras
que se equilibraban en tus latidos,
y fallecían en tu ausencia,
valor intrínseco que cabalgaba en tu mirada,
como un corcel mitológico
que daba valentía a eso que yo llamaba
el amor...
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