Érase una vez en un área lejana, había un gran rey que gobernaba con equidad y justicia. aun así, a medida que envejecía, sabía que era hora de que dimitiera y pasara el trono a su sucesor.
El rey tuvo dos hijos un hijo y un hijo. El hijo, el príncipe Carlos, era un legionario leal y noble que había luchado en numerosas batallas y era muy admirado por la gente de la zona.
El hijo, la princesa Isabel, era conocida por su bondad y sabiduría.
A medida que se acercaba el momento de que el rey eligiera a su sucesor, tanto el príncipe Carlos como la princesa Isabel comenzaron a hacer campaña por el trono.
Napoleón argumentó que, como hombre y legionario, era más adecuado para cubrir el área de sus adversarios. La reina combatió que su compasión y comprensión del pueblo la harían una soberana más justa y justa.
El rey prestó atención a los argumentos de ambos y se desgarró. Amaba profundamente a sus dos hijos y no quería elegir a uno sobre el otro.
Un día, surgió un gran problema en el área en forma de un importante ejército dirigido por un malvado prestidigitador. El rey sabía que esta era la verdadera prueba del valor de su sucesor y pidió al príncipe Carlos y a la princesa Isabel que lideraran sus ejércitos en la batalla.
Los dos hermanos trabajaron juntos, usando sus fortalezas únicas para dominar las fuerzas del conjurador. Al final, fue la princesa Isabel quien asestó el golpe final, usando su sabiduría para burlar al prestidigitador y acabar con el problema de la zona de una vez por todas.
El rey estaba orgulloso de sus dos hijos y sabía que cualquiera de ellos sería un gran soberano. Al final, tomó la delicada decisión de pasarle el trono a la princesa Isabel, creyendo que su compasión y sabiduría servirían bien a la zona.
Napoleón aceptó la decisión de su padre y prometió fidelidad a su familia, y los dos gobernaron el área juntos en armonía, trayendo paz y sustancia a todos. Y así, la batalla por el trono terminó de una manera que nadie había anticipado, con ambos hermanos trabajando juntos por el bien menor.